Presencia argentina en Tallin

Festival" Black Nights": Argentina conquista con su cine audaz

El Festival de Cine de Tallin, reconocido internacionalmente como uno de los más prestigiosos del mundo, destacó en su última edición a dos producciones argentinas en su sección competitiva "Rebeldes con causa", reafirmando la relevancia del cine nacional en el ámbito global.

Festival" Black Nights": Argentina conquista con su cine audaz
"No puedo tener sexo", de Bel Gatti
"No puedo tener sexo", de Bel Gatti
jueves 28 de noviembre de 2024

Creo que no me equivoco si afirmo que no son pocos aquellos a quienes en nuestro país les costaría contestar a la pregunta ¿cuál es la capital de Estonia? Menor posiblemente sería el número de quienes pudieran señalar dónde se encuentra Tallin en un mapa. Pero aventuro que más pequeño sería el grupo de quienes saben acerca del Festival de Cine de las “Noches Negras” que se desarrolla cada noviembre en esa ciudad (sólo algunos de los que tienen un trabajo cercano a la industria cinematográfica posiblemente lo sepan).

Y, sin embargo, estamos hablando de un enorme y prestigioso festival. Uno de los 15 reconocidos con la categoría A por la FIAPF. Y, como sucede en cada festival relevante que se lleva adelante en cualquier lugar del globo, el cine argentino tiene una presencia asegurada. Nacida de su prestigio y empuje, y a pesar de las particularidades del momento actual. Está de moda ignorar lo que no es sino un hecho: el cine argentino es reconocido y respetado en todo el mundo. Los especialistas y el público de las culturas más diversas se interesan por las películas que genera. Se trata de un cine que, más allá de su enorme heterogeneidad, posee un sello que hace que sea buscado con interés, sea que se trate de producciones grandes o pequeñas, documentales o ficciones, de películas dirigidas por autores reconocidos o realizadores nóveles.

En esta 28ª edición del Black Nights que culminó el 24 de noviembre dos películas argentinas formaron parte de la sección competitiva “Rebeldes con causa” (parte de la selección oficial del festival). Esta sección, la más arriesgada y de vanguardia de un festival que en sí mismo y en todas sus partes siempre lo es, combina distintos géneros, búsquedas y metrajes, para regalar una experiencia única a un público entusiasta, que es capaz de colmar una sala para ver las óperas primas de unos realizadores del otro lado del mundo, un lunes o un martes a las 10 de la noche (que no parece tan tarde, pero lo es más cuando se advierte que antes de las 16:00 ya hace rato es de noche y que a las 20 terminó de cenar el estonio más noctámbulo).

Así, a sala llena, fueron las proyecciones de Un trago del infierno y No puedo tener sexo, que tuvieron su premier mundial en Tallin. Un trago del infierno, codirigida por Pilar Boyle y Mariano Asseff y protagonizada por esta última, se sumerge en el cine de género en lo que los realizadores, presentes en el festival, identificaron como terror psicológico. La película se adentra en los demonios internos de una actriz, cansada del adocenado rumbo de su carrera, frente a la decisión de aceptar o no una nueva propuesta. El viaje al delta del Tigre (como en tantos casos en el cine nacional) es la puerta a una nueva realidad, a lo desconocido. Y en este caso esto se vincula con el modo en que cobran vida los fantasmas de la protagonista. Difícil y extrema, el exponerse a tal punto resulta revulsivo y no fueron pocos los que no llegaron al final de la proyección.

También extrema, provocando tanto admiración como sorpresa, disfrute pero en algún caso rechazo, No puedo tener sexo, de Bel Gatti, ha sido la propuesta más vital, personal y arriesgada de lo que pude ver en este festival al que los tres calificativos previos pueden aplicarse sin temor a su conjunto. La protagonista de este ¿documental? nos lleva con ella por su vida, con la cámara del celular como apéndice de su anatomía. El bastante difícil de manejar “modo selfie”; y en este virtuoso caso él es la vía para que la infinita fotogenia de la protagonista nos abra las puertas a sus conflictos y vivencias, sus pensamientos, sensaciones y relaciones. Amorosa y mordaz, con grandes momentos de humor y unos “efectos especiales” tan caseros como bellos y eficaces, No puedo tener sexo es un viaje en una montaña rusa de la que no nos queremos bajar. Su imposibilidad de concretar una relación sexual fuera de una película, su coetáneo trabajo como “niñero” (tal como se reconoce) de Juana (tan fotogénica y genial como su cuidadora), la particular relación con su madre (relación sobre la que no abundamos, para que las sorpresas los dejen, como a mí, con la boca abierta), el rol de la psicología, todas son facetas de un laberinto al que accedemos con el recorte que propone la puesta en escena (en la que el fuera de campo, por supuesto, juega un rol fundamental).

Más allá de esos estrenos mundiales en competencia, también pasó por Tallin la última película de los hermanos Onetti, 1978, que había tenido su premier mundial en el Festival de Sitges. Como siempre, Nicolás y Luciano se acercan al cine de género, jugando esta vez con la situación de nuestro país el día de la final de la copa del mundo de fútbol en ese año. Con un gran comienzo (la escena de la partida de truco del inicio es genial en cuanto al uso de la puesta de escena, el punto de vista y el fuera de campo), cuando se vuelve más explícita, y aun cuando tiene muchas muy buenas ideas, se empieza a deshilachar.

Además, pudieron verse durante las noches negras Dalia y el libro rojo (animación dirigida por David Bisbano que ya se estrenó en nuestro país), Gaucho gaucho, de Michael Dweck y Gregory Kershaw (estrenada en Argentina durante el festival), el corto de animación Pasos para volar, de Nicolás Conte y Rosario Carlino, y hasta Muchachos, la película de la gente, de Jesús Braceras.

En Industria Ezequiel Erriquez Mena (A la Cantábrica, La Crecida) ganó el premio de work in progress de la sección Just Films con su proyecto Emi (producido por Rita Cine) y en la competencia de cine báltico encontramos a Fernando Juan Lima, ex presidente del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, formando parte del prestigioso jurado. No entramos en el terreno de los encuentros, cruces e influencias, porque la lista sería mucho más larga (así, por ejemplo, la película Alucina, que se llevó un premio de la crítica, fue realizada en Ecuador, pero su director es el argentino Javier Cutrona).

Gran presencia argentina, entonces. La mayor de América Latina. Las palabras del director chileno Diego Figueroa, que se llevó un galardón con Patio de chacales, dieron en la tecla durante la ceremonia de cierre al evidenciar lo que era un sentimiento y deseo compartidos por todos aquí, al mandar un mensaje a de apoyo a sus “hermanos de Argentina”, guía y faro del cine de la región, asegurando que podrán sobreponerse a estos momentos en los que desde el poder se ha elegido a la cultura como enemigo.

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