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Crítica de “Ghostbusters: El Legado”, nostalgia y épica para recuperar un clásico

Con Jason Reitman tras las cámaras, esta nueva propuesta regresa a la clásica fórmula de la serie de películas que inmortalizó su padre, con el fin de dialogar con nuevas generaciones.

miércoles 17 de noviembre de 2021

Olvídense del último intento de Columbia Pictures por reflotar una de sus sagas más productivas. Corte y barajar de nuevo para reinventar el clásico de los años ochenta, que gracias a un grupo de jóvenes, vuelve a recuperar su mística y misterio para las grandes audiencias.

Ghostbusters: El Legado (Ghostbusters: Afterlife, 2021) incorpora a Finn Wolfhard y McKenna Grace en roles centrales, encarnando a dos hermanos que deben seguir las decisiones de su madre (Carrie Coon), una errática mujer que, deudas mediante, decide viajar a un lugar completamente ajeno a sus vidas para cobrar una herencia.

Acompasado por una banda sonora inspirada en films de los años ochenta como un elemento narrativo más, que marca los contrastes entre los tres personajes, el inicio sirve de cimiento para una trama que toca lugares comunes con una clara dosis de entretenimiento familiar. También homenajea y reinventa mecanismos de identificación que funcionan como vínculos empáticos con los espectadores.

Reitman sabe de la necesidad de reorganizar el universo Ghostbusters, presentando trajes, automóvil, herramientas, en momentos claves de la historia, para así, ir configurando el magma narrativo sobre el cual la historia, fantasmas más, fantasmas menos, avanza de manera aceitada hacia un lugar en el que, el humor, el gag, el vodevil, la confusión, aportan algo más que meras herramientas discursivas.

Al trío se le sumará, en espejo, otro trío similar en edad y en intereses, ya sea con el equivalente etario o con otro del grupo, desembarcando Paul Rudd, como un profesor de escuela secundaria, con intereses que trascienden la mera enseñanza, o Logan Kim como “Podcast”, un ávido niño que, como su nombre lo indica, graba episodios sonoros basados en misterios que investiga, y también Celeste O’Connor, como Phoebe, objeto de deseo de Trevor (Wolfhard) y compañera instantánea en la búsqueda de los espíritus.

Reitman, además de reconfigurar el universo de la saga, enmarca la historia en una ciudad alejada de “modernismos”, y en donde un restaurant en el que los mozos y mozas atienden con patines, o la ausencia de internet y tecnología, refuerzan ese constante homenaje a lo retro que subraya cada línea del guión. Para aquellos amantes de la saga original, esto es un deja vu importante.

Mención especial para apariciones claves y escena post créditos de antología para una aventura como las de antes, con valores y temáticas asociadas al trabajo en equipo, la amistad y la familia, que permiten a sus protagonistas superar escollos y situaciones traumáticas y en donde la unidad del trío solventará la pirotecnia visual que, gracias a Dios, no es lo que prima en su relato. 

Inteligencia y respeto, pero también ironía y desparpajo para contar, sin muchos sobresaltos, una vez mas, la historia de estos sujetos que ayudan a la humanidad protegiéndolos de lo desconocido.

6.0
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