2026-04-06

Salas

Crítica de "La casaca de Dios": Natalia Oreiro y Jorge Marrale en un dramedy sobre la camiseta de Maradona

La casaca de Dios (2026), dirigida por Fernán Mirás, toma como punto de partida la camiseta que Diego Maradona utilizó en el Mundial de México 1986, aunque su interés no está en reconstruir ese episodio sino en proyectar sus efectos en el presente. La historia sigue a Titi Malvestiti (Jorge Marrale), un utilero de club de barrio que, mientras enfrenta el deterioro de su memoria, carga con la ausencia de su hijo caído en Malvinas. Cuando se entera de que la camiseta será subastada, decide emprender una búsqueda para recuperarla, en un recorrido que se desplaza entre lo concreto y lo simbólico, y que al mismo tiempo expone la distancia con su hija (Natalia Oreiro), atravesada por años de silencios.

En ese trayecto, el relato encuentra su sostén en las actuaciones. Jorge Marrale construye a Titi desde una combinación de fragilidad y persistencia, evitando marcar el conflicto de forma directa, mientras que Natalia Oreiro construye una distancia que se manifiesta en gestos contenidos antes que en el enfrentamiento directo. La relación entre ambos se organiza desde lo no dicho, sin resoluciones enfáticas, lo que permite que el vínculo se mantenga en una zona ambigua y abierta.

La puesta en escena se estructura en función del relato y de los personajes. Los encuadres siguen la acción sin desarticularla, alternando planos medios y primeros planos que concentran la atención en el trabajo actoral. La fotografía se mantiene dentro de ese mismo registro, sin introducir variaciones que tensionen la imagen, mientras el montaje organiza una progresión narrativa continua, centrada en el recorrido del protagonista. En conjunto, la propuesta visual se inclina hacia una resolución más cercana a lo televisivo que a una búsqueda cinematográfica.

De este modo, La casaca de Dios articula una historia personal con un trasfondo histórico que permanece como referencia constante. El fútbol deja de operar como espectáculo para convertirse en un punto de anclaje de la memoria, y es en ese cruce donde la película encuentra su eje: no en la reconstrucción del mito, sino en la persistencia de aquello que ese mito dejó. En ese desplazamiento, el film no busca consagrar una épica, sino interrogar qué queda cuando el recuerdo se transforma en objeto, y qué lugar ocupan quienes intentan sostenerlo cuando todo lo demás empieza a desaparecer.

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