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Crítica de "Apenas cosas buenas": Daniel Nolasco y el deseo rural como memoria y forma
En Apenas cosas buenas (Apenas Coisas Boas, 2025) el punto de partida es sencillo y decisivo. Año 1984. En una zona rural de Goiás, Antônio vive solo, dedicado a su pequeña finca, apartado del mundo y del lenguaje. La llegada de Marcelo —un viajero que atraviesa la región y sufre un accidente— introduce una fisura en ese aislamiento. El film no se detiene en el episodio, sino que lo utiliza como origen: lo que importa no es el encuentro, sino lo que queda de él.
La narración se expande en el tiempo, observa las marcas que ese vínculo deja en los cuerpos y en la experiencia. El relato evita el dramatismo explícito, no así el sexo, y opta por una construcción más silenciosa, donde cada gesto inicial encuentra eco décadas después.
El trabajo de Lucas Drummond, en su primer protagónico en cine, sostiene gran parte del dispositivo narrativo. Su Antônio es un personaje que se define menos por lo que dice que por cómo ocupa el espacio: el cuerpo, la mirada, la quietud. El ingreso de Marcelo, interpretado por Liev Carlos, altera ese equilibrio. No como choque, sino como desplazamiento. La relación se construye en la cercanía, en el contacto y en una intimidad que el film registra sin subrayados.
Con el paso del tiempo, Antônio reaparece encarnado por Fernando Libonati. No hay ruptura entre ambos momentos: el personaje envejece, el cuerpo cambia, pero la experiencia acumulada se mantiene como continuidad. La presencia de un cuerpo maduro amplía el campo de representación y desplaza el foco habitual del deseo en pantalla.
La fotografía de Larry Machado convierte al entorno rural en una superficie donde el tiempo se inscribe. Los planos abiertos, la luz natural y la relación entre figura y fondo construyen una atmósfera que no acompaña la historia: la sostiene. El paisaje no observa desde afuera. Conserva huellas, guarda silencios, aloja recuerdos. La tierra, los caminos y la vegetación funcionan como una extensión de la memoria de los personajes. Algunos elementos visuales —afiches, referencias culturales, objetos— introducen una leve desincronía temporal que refuerza la idea de un tiempo no lineal, donde pasado y presente conviven sin jerarquías.
El cine de Daniel Nolasco trabaja el deseo sin intermediaciones. En Apenas cosas buenas, la intimidad aparece integrada a la vida cotidiana y al paso del tiempo. La cámara no esquiva el cuerpo ni lo convierte en evento: lo registra como experiencia.
Las escenas de sexualidad se inscriben dentro del relato como parte de una pulsión vital que no necesita justificación ni atenuantes. No hay voluntad de impacto, sino de coherencia con el mundo que el film construye.
Apenas cosas buenas se organiza como un relato sobre la persistencia. No del amor idealizado, sino de lo vivido. El deseo no aparece como acontecimiento excepcional, sino como una fuerza que atraviesa el tiempo, se transforma y deja marcas. El film propone una mirada donde cuerpo, territorio y memoria forman una misma trama. Allí reside su singularidad: en narrar sin prisa, sin énfasis y sin clausuras.