Gaumont
Crítica de "El baño del Papa": César Troncoso y la esperanza de salvarse con la visita del Papa
Mientras Melo espera a Juan Pablo II, un hombre construye un baño para los peregrinos. Enrique Fernández y César Charlone encuentran en ese negocio la historia de un pueblo que, por unos días, se permite hacer cuentas de otra manera.
Antes de que el Papa llegue a Melo, el pueblo ya está haciendo cuentas. En 1988, el anuncio de la visita de Juan Pablo II despierta la expectativa de que miles de peregrinos crucen desde Brasil. Algunos vecinos se preparan para venderles comida y bebida. Beto, que se gana la vida llevando mercadería de contrabando en bicicleta, piensa en lo que va a pasar después de que todos esos visitantes coman y beban. Decide construir un baño frente a su casa y cobrar por usarlo.
De esa ocurrencia sale buena parte del humor de El baño del Papa (2007). La idea hace gracia porque Beto tiene razón. Si llega toda esa gente, alguien va a necesitar un baño. César Troncoso interpreta a un hombre que ya se imagina comprando una moto mientras todavía tiene que pedalear para ganarse el día. Entre una cosa y la otra hay algo más que un negocio. Hay un cuerpo cansado de hacer el mismo esfuerzo y la posibilidad, por una vez, de que ese esfuerzo le cambie la vida.
Fernández y Charlone hacen que la espera del Papa se mida en el trabajo de los vecinos. Mientras crecen las previsiones sobre cuánta gente va a llegar, en cada casa hay que decidir cuánto se puede gastar y cuánto se está dispuesto a perder. La dirección de actores encuentra ahí el tono de la película. Los personajes hablan de plata, discuten y se entusiasman con la familiaridad de quienes llevan años arreglándoselas juntos. Así, el baño de Beto va ocupando un lugar en la vida de su familia mucho antes de que pueda usarlo el primer cliente.
La música de Luciano Supervielle y Gabriel Casacuberta acompaña esa espera con una ligereza que deja respirar el humor. El relato avanza con la misma economía. Cada paso de la construcción acerca a Beto al día de la visita y aumenta lo que tiene en juego. Cuando llega ese día, alcanza con mirar lo que los vecinos prepararon para entender cuánto habían apostado a esas pocas horas.
Lo que queda de El baño del Papa es la distancia entre lo que Beto sueña y lo que pide. Una moto, un poco menos de esfuerzo en cada viaje, la posibilidad de volver a casa con algo más que lo necesario para pasar el día. Para conseguirlo, tiene que imaginar que una multitud va a detenerse frente a su puerta.