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"Nosotros, pero un poco mejor": una pareja que discute en una comedia de Daniele Luchetti que no avanza
Daniele Luchetti dirige a Elio Germano y Maria Chiara Giannetta en una comedia sobre una pareja que inicia un proceso de adopción sin compartir el mismo deseo de formar una familia. La película encuentra allí un conflicto que su humor apenas consigue desarrollar.
Una pareja puede quererse y no querer la misma vida. Ese es el problema que pone en marcha Nosotros, pero un poco mejor (Noi un po’ meglio, 2026) y también el que debería darle su fuerza: cómo seguir juntos cuando el deseo de uno exige una renuncia del otro. Daniele Luchetti lleva esa diferencia al terreno de la comedia, pero consigue pocas risas y deja que el interés se desgaste. No porque falte algo para contar. Lo que falta es que el desacuerdo produzca algo más que nuevas ocasiones para discutirlo.
Simone, interpretado por Elio Germano, es bombero, necesita orden y quiere formar una familia. Lucia, a quien da vida Maria Chiara Giannetta, defiende su independencia: nunca quiso ser madre y tampoco puede tener hijos biológicos. Las diferencias no les han impedido sostener la relación: negocian, discuten y encuentran cómo seguir. Pero cuando deciden adoptar a un niño, ese modo de entenderse deja de alcanzar. Tener un hijo no admite la misma clase de concesiones que otras decisiones de convivencia, y el proyecto los obliga a enfrentarse con aquello que el amor les permitía dejar pendiente.
La película tiene a su favor una elección: es él quien quiere ser padre, mientras ella se resiste a la maternidad. Ese reparto de deseos permite preguntarse por qué formar una familia suele aparecer como el paso que confirma que una relación funciona. Lucia introduce una objeción a esa expectativa. Su resistencia merece ser escuchada por lo que significa para ella, sin asumir que debe superarla para que la pareja avance. Allí hay una tensión que interesa más que la oposición entre un hombre que necesita tener todo bajo control y una mujer que rechaza las convenciones.
El humor, sin embargo, obtiene poco de esa tensión. Los gags dejan la sensación de haber pasado antes por situaciones parecidas, sin que aquí encuentren una vuelta que justifique volver a ellas. Se reconoce la intención de hacer reír más de lo que se participa de la risa. Y esa distancia pesa: cuando una comedia dedica tanto espacio al desencuentro, necesita que cada discusión descubra algo, altere la relación o, al menos, tenga gracia. Aquí el mecanismo termina por hacerse visible y el aburrimiento llega antes que la curiosidad por saber cómo seguirán juntos.
Luchetti encuentra un conflicto que podría poner en duda la idea de que amar a alguien significa acompañar todos sus deseos, pero la película no consigue que esa pregunta sostenga el recorrido. Tampoco el humor alcanza para disfrutar de sus rodeos. Queda una comedia que se deja ver, aunque cuesta involucrarse en lo que les pasa a sus protagonistas: entendemos qué está en juego, pero eso no basta para que nos importe cada nueva discusión. La adopción cambia lo que se juegan. Los gags siguen donde estaban.