BFI London 2026
Crítica de "Klara y el sol": Taika Waititi fracasa en su adaptación de Kazuo Ishiguro
Taika Waititi adapta la novela de Kazuo Ishiguro con Jenna Ortega como una robot de compañía. Entre el humor y la insistencia en conmover, la película reduce los conflictos sobre el cuidado, la pérdida y la posibilidad de sustituir a una persona.
En Klara y el sol (Klara and the Sun, 2026), el problema de la adaptación no reside en lo que Taika Waititi modifica de la novela de Kazuo Ishiguro, sino en lo que esas decisiones dejan afuera. La historia de una robot comprada para acompañar a una adolescente enferma permite interrogar los vínculos entre afecto, dependencia y tecnología. Sin embargo, la película encauza esas preguntas hacia una celebración del amor y la amistad que termina por limitar su alcance.
Klara, interpretada por Jenna Ortega, llega a la casa de Josie (Mia Tharia) por decisión de su madre (Amy Adams). Su condición de "amiga artificial" introduce una tensión: ha sido adquirida para cuidar, pero su convivencia con los humanos la enfrenta a comportamientos que exceden esa función. Allí aparece una posibilidad que el relato desarrolla poco: observar cómo las personas depositan sus necesidades y sus temores en alguien a quien, al mismo tiempo, consideran un objeto.
Waititi privilegia las situaciones cómicas y la búsqueda de ternura. Las particularidades de Klara se convierten en una fuente de gags, mientras su capacidad para observar el comportamiento humano pierde espacio. La repetición de ese recurso afecta tanto al personaje como al punto de vista de la película: en lugar de descubrir el mundo a través de su percepción, el espectador recibe indicaciones sobre cuándo reír y cuándo conmoverse. El desajuste con Ishiguro va más allá del tono. Donde la novela permite que una observación abra interrogantes, el film suele resolverla mediante un chiste o una explicación.
Ortega trabaja con la postura, los movimientos y la cadencia de la voz para construir la condición de Klara. Su actuación sostiene al personaje incluso cuando el guion insiste en una misma respuesta ante lo que ocurre. Tharia, por su parte, encuentra en Josie tensiones que impiden reducirla a su enfermedad y aporta al vínculo entre ambas una dimensión que los diálogos no siempre desarrollan. Adams dispone de menos margen: la madre queda definida por el sufrimiento y por las necesidades dramáticas de cada escena. Rachel House, como la empleada de la casa, consigue introducir humor desde sus intervenciones, sin depender tanto del subrayado.
El contexto también pierde peso. En ese futuro posterior a una tercera guerra mundial, sin internet y con familias que pueden comprar compañía para sus hijos, la desigualdad debería atravesar las relaciones. La película presenta ese escenario, pero apenas examina cómo el dinero determina quién accede al cuidado y bajo qué condiciones. La obsolescencia tecnológica y la intervención genética aparecen como asuntos del mundo narrado antes que como conflictos capaces de modificar su desarrollo.
La adaptación encuentra así su límite en la necesidad de asegurar una respuesta emocional. Cada vez que podría detenerse en las contradicciones del cuidado o en el temor a la pérdida, ofrece una afirmación sobre la entrega de Klara. El amor funciona como respuesta antes de que las preguntas alcancen a desplegarse. Y una historia que podría examinar por qué los humanos necesitan fabricar compañía termina concentrada en demostrar cuánto puede querer una máquina.