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Crítica de “La novia gitana”: la serie de Paco Cabezas basada en la novela de Carmen Mola, con Nerea Barros y Darío Grandinetti
"La novia gitana" sigue a una inspectora que investiga el asesinato de dos hermanas mientras busca a su hijo. Un policial que apresura su resolución.
En La novia gitana (2022), la inspectora Elena Blanco (Nerea Barros) investiga el asesinato de Susana Macaya, cuyo cadáver aparece vestido de novia, con el cráneo perforado y larvas dentro de las heridas. Su hermana Lara murió de la misma manera años antes, también cuando estaba por casarse. Como el condenado por aquel crimen sigue en prisión, Elena debe averiguar si alguien está imitando el método o si la policía detuvo al hombre equivocado. La desaparición de su propio hijo dificulta su relación con una familia que espera de ella las respuestas que tampoco ha conseguido encontrar.
Dirigida por Paco Cabezas, la serie adapta la novela que Carmen Mola publicó en 2018. Detrás del seudónimo están Jorge Díaz, Antonio Mercero y Agustín Martínez, autores de la saga protagonizada por la inspectora. En estos ocho episodios, la investigación avanza junto con la historia de Elena, aunque el guion dedica más atención a los descubrimientos que a sus consecuencias.
Nerea Barros interpreta a una mujer acostumbrada a contenerse para seguir trabajando. Su manera de hablar, dar órdenes y mantener distancia con los demás permite entender cómo ejerce la autoridad. Las escenas de karaoke muestran otra conducta: Elena se expone, busca compañía e intenta pasar unas horas fuera del trabajo. Estos momentos amplían el personaje, pero el guion vuelve con frecuencia a la desaparición del hijo para explicar sus decisiones y deja menos espacio para conocerla fuera de esa búsqueda.
La concentración en Elena también limita el desarrollo de sus compañeros de la Brigada de Análisis de Casos. Mariajo, Buendía y Orduño aportan pruebas, discuten órdenes y hacen avanzar la investigación, pero pocas conversaciones permiten entender cómo se construyó la relación entre ellos. Las diferencias aparecen sobre todo cuando el caso necesita un desacuerdo; falta tiempo para que el equipo adquiera interés más allá de su trabajo.
Las intervenciones de Darío Grandinetti y Miguel Ángel Solá introducen conflictos que el relato aprovecha mejor. Grandinetti interpreta al condenado por el asesinato de Lara, que exige revisar la investigación. Solá encarna a un policía retirado con Alzheimer que participó en ella y cuyos recuerdos pueden ayudar a esclarecerla. Elena debe evaluar tanto la versión de un preso como el testimonio de un hombre que pierde la memoria. En esas conversaciones, la tensión depende de lo que cada uno recuerda, oculta o puede demostrar.
Cabezas acompaña esa incertidumbre con una fotografía de tonos grises e interiores donde predominan las sombras. La puesta en escena remite a Se7en por el uso del cuerpo como parte del mensaje del asesino, y a True Detective por la relación entre los crímenes y la vida de los investigadores. La argentina El jardín de bronce ofrece una comparación más cercana a Elena: en ambas series, la búsqueda de un hijo modifica la relación del protagonista con cualquier indicio. Esa necesidad de encontrarlo puede ayudarla a reconocer detalles, pero también llevarla a aceptar una hipótesis antes de comprobarla.
El cruce entre ambas búsquedas sostiene el interés, aunque hacia el final se acumulan revelaciones que obligan a cambiar de sospechoso sin dar suficiente tiempo para procesar lo ocurrido. La atención puesta en el método del asesino también reduce el espacio de las hermanas Macaya. Sabemos con detalle cómo murieron, pero conocemos menos sus vidas y las decisiones que tomaron antes del crimen. La violencia termina ocupando parte del lugar que les corresponde como personajes.
La novia gitana mantiene el interés por resolver los asesinatos, pero acumula tantos giros en el tramo final que la explicación del caso queda forzada. El cierre también abre la historia de La red púrpura, la segunda temporada, donde Elena investiga una red que difunde torturas por internet. Esa apuesta por continuar la trama deja una deuda con las hermanas Macaya: después de ocho capítulos, conocemos con más detalle cómo fueron asesinadas que quiénes eran.