Festival de Biarritz Amérique Latine 2026
Crítica de "La caminera": Federico Pozzi y una cita que recorre Belgrano
En blanco y negro, Federico Pozzi sigue a una pareja por las calles de Belgrano y encuentra en sus conversaciones el pulso de una historia de amor.
En La caminera (2026), dirigida por Federico Pozzi, una cita se prolonga por las calles de Belgrano. Francisco (Pozzi), un cineasta de 35 años que trabaja en secreto para una aplicación de repartos, vuelve a encontrarse con Belén (Emilia Ickovic), una mendocina de 28 años. Ya salieron antes: saben algunas cosas del otro, pero todavía pueden sorprenderse. Después de comprar cervezas en un supermercado, empiezan a caminar.
La película encuentra su ritmo en lo que se dicen durante el recorrido. Fran intenta impresionar a Belén; hablan de recuerdos de infancia, intercambian datos y terminan haciendo confesiones. La seducción pasa por esa curiosidad mutua, que vuelve incierto lo que parecía una cita más. La premisa recuerda al tríptico Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes de la medianoche, de Richard Linklater, aunque Pozzi la sitúa entre las veredas, los parques y los comercios porteños.
Un bar punk, una calesita nocturna y un partido de fútbol van cambiando el escenario de la charla. Belgrano no queda reducido a un fondo: en los planos generales, Francisco y Belén ocupan una parte pequeña del encuadre, rodeados por calles y avenidas; cuando la cámara se acerca a sus rostros, las luces desenfocadas mantienen presente la noche que los rodea. El blanco y negro aprovecha los faros de los autos y la iluminación de la calle para dar forma a esos espacios.
Hacia el final aparecen los interiores y los lugares de trabajo. La cita se cruza entonces con la vida que cada uno lleva fuera de ella, en particular con la distancia entre el cine que Francisco quiere hacer y el empleo que le oculta a Belén. La película deja que esa contradicción pese sobre el encuentro sin convertirla en una explicación de todo lo que ocurre entre ellos.
La caminera funciona porque Pozzi confía en sus intérpretes, en el tiempo de una conversación y en lo que la cámara descubre al seguirlos por la ciudad. Su logro está en hacer de una caminata una forma de conocer a dos personas: al terminar la noche, Belgrano parece menos un escenario que el lugar donde ambos empezaron a verse con mayor claridad.