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Crítica de "Ted 2": el oso pierde la gracia cuando intenta convertirse en ciudadano
La secuela dirigida por Seth MacFarlane desplaza el conflicto de la madurez hacia una disputa legal sobre la condición humana de Ted. Entre el humor escatológico, las referencias culturales y un reclamo por sus derechos civiles, la película repite una fórmula cuyo efecto ya no alcanza para sostener sus 115 minutos.
El oso insolente vuelve al ruedo, pero sin el efecto de novedad de la primera entrega. El contraste entre su aspecto tierno e infantil y su conducta escatológica ya forma parte de un mecanismo conocido desde los primeros minutos de Ted 2 (2015). Por eso, las desventuras del peluche y su compañero de ruta cambian de dirección: la historia abandona el conflicto del adulto que se resiste a madurar y se concentra en la incorporación de Ted a la sociedad.
La trama comienza con Ted atravesando una crisis matrimonial. Como posible solución, él y su esposa deciden tener un hijo, pero las limitaciones biológicas del peluche frustran el proyecto. Cuando intentan adoptar, el conflicto adquiere otra dimensión: para la ley, Ted no es una persona y, por lo tanto, carece de derechos civiles.
La disputa llega a los tribunales y queda en manos de Samantha Jackson (Amanda Seyfried), una abogada sin experiencia que asume su defensa. Durante el proceso, la joven establece un vínculo con Ted y John Bennett (Mark Wahlberg), formando un nuevo trío unido por la inmadurez, las drogas, el alcohol y las bromas físicas.
Esta vez, Ted ocupa el centro del relato y John queda relegado al papel de acompañante. La resistencia a crecer todavía aparece durante la preparación del caso, pero ya no funciona como motor de la película. A medida que avanza la historia, las situaciones cómicas pierden eficacia y la estructura judicial no consigue sostener el conflicto.
MacFarlane intenta introducir una crítica a la concepción estadounidense de la ciudadanía y a los mecanismos que determinan quién puede ser reconocido como sujeto de derechos. Sin embargo, la película aborda ese planteo con una solemnidad que entra en tensión con su propio universo: el reclamo por la condición humana de un oso de peluche adicto a la marihuana termina desplazando el humor sin construir, a cambio, una reflexión consistente.
Ted 2 todavía encuentra algunos momentos efectivos. El regreso de Sam J. Jones, recordado por Flash Gordon, las apariciones de Morgan Freeman y Liam Neeson, las referencias a la cultura de los años ochenta y el desempeño de Amanda Seyfried aportan pausas dentro de una narración que se extiende más de lo necesario. Sus 115 minutos terminan por desgastar incluso la predisposición del espectador.
Seth MacFarlane, creador de Padre de familia, vuelve a mostrar los límites de su fórmula. Si la primera Ted aprovechaba el contraste entre la apariencia del personaje y su comportamiento, y A Million Ways to Die in the West (2014) al menos ensayaba una combinación distinta, esta secuela confirma el agotamiento del recurso. La irreverencia permanece, pero la sorpresa desapareció: Ted 2 quiere convertir a su protagonista en persona justo cuando su humor comienza a parecer mecánico.