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Crítica de "Catedrales": el infierno también puede empezar en una familia
La serie chilena basada en la novela de Claudia Piñeiro convierte el asesinato de una joven en una investigación sobre la fe, la culpa y el silencio.
Ana Sardá pertenece a una familia católica, de clase acomodada y con participación activa en su comunidad. Una mañana de 1986, la policía informa a sus padres que la joven fue encontrada asesinada, desmembrada y quemada en un terreno baldío. El caso causa conmoción, pero la investigación se cierra sin culpables y la familia comienza un duelo atravesado por preguntas que nadie parece dispuesto a responder.
Treinta años después, Adolfo, el padre de Ana, decide retomar la búsqueda antes de morir. Su pedido provoca el regreso a Santiago de Lía, la hermana más cercana a la víctima, quien se había radicado en España después del crimen. El reencuentro obliga a los Sardá a revisar las decisiones que tomaron alrededor de aquella muerte.
Así comienza Catedrales (2026), la serie chilena de Prime Video basada en la novela de Claudia Piñeiro, dirigida por Fabiana Tiscornia y Pepa San Martín. El relato alterna entre 1986 y 2016 para reconstruir los días anteriores al asesinato y mostrar cómo sus consecuencias modificaron a la familia. Alfredo Castro y Paulina García interpretan a Adolfo y Dolores, mientras Ignacia Baeza, Vivianne Dietz, Amparo Noguera, Paula Luchsinger y Octavia Bernasconi encarnan a las hermanas Sardá en diferentes etapas.
La investigación impulsa la trama, aunque el interés no reside solamente en descubrir al asesino. La muerte de Ana permite ingresar en una familia condicionada por la religión, la culpa y las apariencias. Cada integrante posee una parte de la historia y decide qué hacer con ella según sus convicciones, temores e intereses.
Lía regresa dispuesta a cuestionar la versión que los demás aceptaron durante tres décadas. Carmen, la hermana mayor, defiende el orden familiar y religioso que organizó su vida. El enfrentamiento entre ambas expone dos formas de relacionarse con el pasado: investigarlo, aunque eso destruya los vínculos, o conservar una explicación que permita continuar.
La alternancia temporal muestra el origen de esa distancia. Los personajes adultos aparecen como el resultado de decisiones tomadas bajo presión, renuncias nunca discutidas y conflictos que permanecieron activos a pesar del paso de los años. El recurso sostiene el suspenso mediante recuerdos incompletos, conversaciones interrumpidas y datos revelados de manera gradual, aunque la cantidad de personajes y cambios temporales vuelve algunos tramos más enredados de lo necesario.
El crimen adquiere otra dimensión cuando la religión deja de ser una experiencia privada y comienza a regular la sexualidad, la reputación y las decisiones de las mujeres. La historia vincula la muerte de Ana con el machismo, el aborto clandestino, los prejuicios de clase y la doble moral de una comunidad que utiliza la doctrina para imponer conductas y distribuir culpas.
En ese contexto, el título excede su referencia a la Iglesia. Las catedrales representan también a las familias que se exhiben como estructuras firmes mientras esconden conflictos en sus cimientos. El asesinato rompe esa construcción y deja al descubierto la distancia entre los valores proclamados en público y las decisiones adoptadas dentro de la casa.
Tiscornia y San Martín trasladan esa tensión a la puesta en escena mediante espacios cerrados, tonos oscuros y un montaje que conecta cada hallazgo con sus efectos posteriores. Alfredo Castro interpreta a un padre que busca respuestas cuando ya no tiene tiempo para corregir sus decisiones; Paulina García compone a una madre dividida entre el dolor y las normas que determinaron su conducta; e Ignacia Baeza conduce la investigación desde la pérdida y el desarraigo.
Catedrales convierte un policial familiar en una acusación contra las estructuras que necesitan sacrificar la verdad para conservar su autoridad, y aunque su trama se enreda por momentos, las actuaciones y el manejo del suspenso sostienen una serie que deja una marca más profunda por lo que denuncia que por el misterio que resuelve.