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Patricio Guzmán: MUBI recupera la batalla por la memoria de Chile

La plataforma presenta la versión restaurada de "La batalla de Chile", la trilogía que registró la caída de Salvador Allende y el avance del golpe militar. La colección adquiere otra dimensión tras la muerte de su director, ocurrida esta semana en París.

Patricio Guzmán: MUBI recupera la batalla por la memoria de Chile
"La batalla de Chile"
"La batalla de Chile"
jueves 17 de septiembre de 2026

Patricio Guzmán murió el martes 15 de septiembre en París, a los 85 años, como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio. Su muerte cierra una trayectoria de más de medio siglo dedicada a examinar la historia reciente de Chile, pero también vuelve a poner en circulación una obra construida contra el olvido.

En ese contexto, MUBI presenta la versión restaurada de La batalla de Chile, disponible en la plataforma desde el 11 de septiembre. Integrada por La insurrección de la burguesía, El golpe de Estado y El poder popular, la trilogía adquirió inesperadamente un carácter póstumo y volvió a poner en circulación un archivo que continúa interviniendo en el presente político latinoamericano.

La película comienza con una explosión. El 11 de septiembre de 1973, los aviones de la Fuerza Aérea chilena bombardean el Palacio de La Moneda. Salvador Allende se suicida durante el ataque y el golpe encabezado por Augusto Pinochet inaugura una dictadura que se extenderá durante diecisiete años. Sin embargo, Guzmán no organiza su obra alrededor de ese desenlace. En lugar de presentar el golpe como un acontecimiento aislado, vuelve sobre los meses anteriores y reconstruye el proceso que hizo posible la ruptura institucional.

Realizada entre 1975 y 1979 a partir del material filmado antes y durante el golpe, La batalla de Chile registra la ofensiva de la derecha contra el gobierno de la Unidad Popular, las huelgas empresariales respaldadas por Estados Unidos, el desabastecimiento, las ocupaciones de fábricas y la creciente confrontación en las calles de Santiago.

A través de asambleas, discursos, entrevistas y movilizaciones, Guzmán observa una sociedad dividida alrededor de dos modelos de país. La cámara no contempla los acontecimientos desde la distancia del análisis posterior. Está dentro del conflicto, interroga a sus protagonistas y registra los hechos sin conocer todavía su resultado.

Esa proximidad diferencia la trilogía de los documentales históricos basados en testimonios retrospectivos. Aquí la historia ocurre frente al lente. Los entrevistados hablan desde un presente en el que todavía imaginan futuros posibles. Algunos defienden el programa socialista de Allende; otros anuncian su voluntad de terminar con el gobierno. En esas voces se escucha cómo una crisis política se convierte, de manera progresiva, en una ruptura institucional.

Una película salvada del golpe

La existencia de La batalla de Chile dependió de una cadena de colaboraciones y operaciones clandestinas. A comienzos de la década de 1970, la escasez de celuloide dificultaba la continuidad del rodaje. Guzmán escribió entonces al cineasta francés Chris Marker, quien consiguió enviarle película virgen de 16 milímetros en blanco y negro.

Después del golpe, Guzmán fue detenido y permaneció cerca de dos semanas en el Estadio Nacional, convertido por la dictadura en centro de detención y tortura. Los rollos filmados lograron salir clandestinamente de Chile y llegaron a Cuba, donde el director montó la trilogía con la colaboración del cineasta y editor chileno Pedro Chaskel.

La historia del rodaje también está atravesada por una ausencia. Jorge Müller Silva, director de fotografía y camarógrafo de la película, fue detenido por agentes de la dictadura en noviembre de 1974 junto con su compañera, la actriz y cineasta Carmen Bueno. Ambos permanecen desaparecidos.

La cámara de Müller registra reuniones, marchas, discursos y enfrentamientos. Cada plano cumple una doble función: documenta un proceso político y conserva la mirada del hombre que sostuvo la cámara. La película se convierte así en testimonio de los hechos que muestra, pero también de las condiciones de persecución bajo las cuales debió completarse.

La restauración presentada por MUBI permite recuperar esa dimensión cinematográfica. Las imágenes no constituyen solamente una prueba política. En ellas existe una forma de ordenar el espacio público, observar los rostros y detectar cómo el lenguaje anticipa el avance de la violencia.

Guzmán definía la trilogía como un “fresco dinámico” de Chile. La expresión señala el carácter colectivo de la obra: las instituciones, los partidos, los trabajadores, los empresarios y los ciudadanos intervienen sobre un presente que todavía parece abierto. La película no intenta establecer una mirada neutral, pero tampoco reemplaza la complejidad de los hechos por una consigna.

El pueblo después de Allende

Una de las decisiones centrales de La batalla de Chile aparece en su estructura. El relato no termina con el bombardeo de La Moneda ni con la muerte de Salvador Allende. Su tercera parte, El poder popular, vuelve sobre las organizaciones obreras, los cordones industriales y las formas de coordinación creadas desde las bases para mantener la producción y defender el proceso político.

El montaje desplaza de ese modo el centro del relato. Allende ocupa un lugar histórico y simbólico, pero Guzmán evita reducir la experiencia de la Unidad Popular a la biografía de su presidente. La trilogía concluye con las masas organizadas porque su sujeto no es un dirigente individual, sino una sociedad que busca intervenir sobre su destino.

En esa elección ya aparece el programa que el cineasta desarrollaría durante las décadas siguientes. Películas como Chile, la memoria obstinada, El caso Pinochet, Salvador Allende, Nostalgia de la luz, El botón de nácar y La cordillera de los sueños regresaron a las consecuencias de la dictadura desde perspectivas diferentes.

Guzmán relacionó los cuerpos de los desaparecidos con el desierto de Atacama, el exterminio de los pueblos originarios con el agua y el aislamiento territorial de Chile con la cordillera de los Andes. En su cine, la geografía dejó de funcionar como paisaje para convertirse en archivo. La historia permanecía inscripta en las montañas, el océano, las ciudades y los cuerpos.

Su última película, Mi país imaginario, estrenada en 2022, acompañó las protestas iniciadas en Santiago en octubre de 2019. Casi cincuenta años después de filmar las movilizaciones de la Unidad Popular, Guzmán regresaba a las calles para observar otra irrupción colectiva.

El director no buscaba establecer una equivalencia entre 1973 y 2019. Su interés estaba puesto en las demandas que habían sobrevivido a la dictadura y a la transición democrática. La película confirmaba que su obra no permanecía detenida en el pasado: cada regreso a la memoria era también una forma de interrogar el presente.

El cine contra el olvido

Guzmán vivió fuera de Chile durante gran parte de su vida. Después de pasar por Cuba y España, se instaló en Francia en la década de 1980. El exilio se convirtió en una de las condiciones de su cine: filmar Chile implicaba reconstruir un país desde la distancia y preguntarse por aquello que la sociedad había decidido recordar u olvidar.

En 1997 fundó el Festival Internacional de Documentales de Santiago, FIDOCS, y en 2023 recibió el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile. El reconocimiento institucional llegó después de décadas durante las cuales sus películas circularon con mayor continuidad fuera de su país.

La recuperación de La batalla de Chile por parte de MUBI permite revisar el punto de partida de esa trayectoria. La trilogía muestra cómo se prepara una ruptura democrática, de qué manera los intereses económicos se traducen en acciones políticas y cómo una sociedad pierde los acuerdos mínimos que sostienen la convivencia institucional. También demuestra que una cámara puede participar en la historia sin dejar de interrogarla.

La muerte de Patricio Guzmán modifica la recepción de esas imágenes. Ya no existe la posibilidad de una nueva película suya sobre Chile, pero permanece el sistema de relaciones que construyó entre cine, territorio y memoria. Su obra no propone recordar como un ejercicio conmemorativo, sino como una práctica política: mirar el pasado para reconocer los mecanismos que todavía actúan sobre el presente.

Hacia el final de la trilogía, una placa recupera las palabras pronunciadas por Salvador Allende: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos. ¡Viva Chile!”. Guzmán convirtió esa frase en un método de trabajo. Filmó la historia no como una sucesión de fechas y dirigentes, sino como una lucha permanente por decidir quién puede narrarla.

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