Teatro Santa María
Crítica de "Milagro": recuerdos y contradicciones sobre el escenario
Dirigida por Cristian Morales, "Milagro" se sostiene en Leticia Brédice y en su vínculo con Ananda Li Brédice para explorar la memoria, los privilegios y el encierro familiar.
Una mujer alquila un teatro para contar aquello que nunca pudo decir. Desde ese gesto inicial, Milagro presenta a María de los Milagros Figueroa Alcorta, una mujer rica que intenta reconstruir su vida mientras los recuerdos, las pérdidas y las emociones aparecen sin respetar un orden. No sabe por dónde comenzar y tampoco parece tener claro hasta dónde está dispuesta a llegar. Habla porque necesita ser escuchada, aunque todavía no encuentre las palabras para explicar qué le sucede.
La obra avanza sobre esa dificultad. Lo vivido se mezcla con lo imaginado y la confesión adquiere la forma de una performance en la que el humor funciona como una salida momentánea frente al dolor. Milagros cambia de tema, recuerda, se contradice y vuelve sobre situaciones que creía haber dejado atrás. En lugar de organizar el pasado, lo expone con todas sus fracturas.
Leticia Brédice sostiene esos movimientos desde una actuación que pasa de la comicidad a la angustia sin separar por completo ambos registros. Su personaje puede provocar una risa y, pocos segundos después, dejar ver el miedo que se escondía detrás de ella. Brédice trabaja con el cuerpo, los silencios y el contacto con la platea para componer a una mujer que busca recuperar el control de su historia, pero descubre que contarla también implica enfrentarse con aquello que preferiría mantener oculto.
A su lado, Ananda Li Brédice interpreta a una directora, una mujer, una niña, una ninfa, una anciana y una sabia. Todas esas figuras funcionan, de distintas maneras, como reflejos de Milagros. Ananda la guía, la interrumpe, expresa lo que ella no puede decir y, en algunos momentos, pone en duda su percepción. No es solamente una compañía escénica: es la mirada que discute el relato y expone sus contradicciones.
A través de ese vínculo, la situación social y política del país ingresa en la obra sin desplazar el conflicto personal. Milagros no es una mujer marginada por la falta de recursos. Tiene dinero, tiempo y la posibilidad concreta de alquilar un teatro para hablar de sí misma. Sin embargo, vive atrapada en una estructura familiar y afectiva que condiciona su vida. Ese encierro existe, pero no borra sus privilegios.
La obra encuentra uno de sus puntos de interés en esa tensión. El sufrimiento de Milagros no puede ser negado, aunque tampoco puede ser separado del lugar que ocupa dentro de la sociedad. Mientras muchas personas carecen de un espacio para hacer escuchar su historia, ella puede convertir la suya en una representación. El teatro aparece entonces como refugio, pero también como expresión de una diferencia de clase: Milagros necesita hablar y posee los medios para conseguir un público.
Ananda introduce la distancia necesaria para que la protagonista no quede reducida al papel de víctima. La acompaña, pero también señala los límites de su mirada. La obliga a reconocer que su dolor convive con una posición económica que la protege de ciertas violencias y la mantiene ajena a otras. Sin transformar la obra en un discurso cerrado, ese contrapunto permite pensar de qué manera los vínculos familiares reproducen relaciones de poder que también existen fuera de la casa.
La puesta despojada de Cristian Morales concentra la atención en las actrices y favorece el intercambio con la platea. La participación del público aporta espontaneidad y evita que la confesión quede encerrada en sí misma. Milagros no habla sola: busca reacciones, complicidades y señales que confirmen que alguien está dispuesto a escucharla. Esa necesidad convierte a los espectadores en parte de una exposición cuyo resultado nunca está por completo bajo control.
No todos los recursos alcanzan el mismo desarrollo. Algunos cambios de tono interrumpen el recorrido y ciertos pasajes pierden intensidad antes de llegar a una conclusión. La iluminación, por su parte, podría acompañar con mayor precisión las transiciones entre la memoria, la realidad y la imaginación. La obra se mueve constantemente entre esos planos, pero la luz no siempre ayuda a reconocer sus desplazamientos.
Sin embargo, Milagro se sostiene en la entrega de Leticia Brédice y en el vínculo que construye con Ananda. Entre ambas convierten el escenario en un espacio donde la memoria personal se cruza con las diferencias de clase, los mandatos familiares y la necesidad de encontrar una voz propia. La obra presenta desequilibrios, pero estos terminan dialogando con una protagonista que tampoco consigue ordenar todo aquello que vino a contar.
Allí aparece su mayor acierto. Milagro no encuentra una explicación capaz de resolver su pasado ni una verdad que cierre el conflicto. Apenas consigue reunir algunos fragmentos y compartirlos con los demás. Entre lo que puede decir y aquello que todavía permanece escondido, la propuesta encuentra su forma y finalmente funciona.