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Crítica de "Ahí donde no estás": Laura Chiabrando filma el duelo desde los márgenes
Con su segundo largometraje de ficción y primero en soledad, Laura Chiabrando construye un drama familiar que evita los lugares comunes del cine sobre la pérdida y encuentra en los gestos cotidianos una reflexión sobre el duelo, la memoria y los vínculos que sobreviven a la ausencia.
El cine suele representar el duelo a partir del momento de la pérdida. Ahí donde no estás (2026), el segundo largometraje de Laura Chiabrando (La noche sin mi, 2025), elige el camino inverso: cuando la historia comienza, lo irreversible ya ocurrió. La muerte del hijo de Julieta no funciona como detonante del relato, sino como una ausencia que ya se instaló en la vida cotidiana y alteró el equilibrio de una familia que intenta seguir adelante sin saber muy bien cómo hacerlo.
Julieta (Noelia Vergini) vive junto a su hija adolescente en la casa de sus padres. Quiere regresar a su hogar, recuperar una rutina, volver al lugar donde transcurría su vida antes de la tragedia. Sin embargo, Chiabrando deja en claro que ese regreso no depende de una decisión práctica. La casa ya no es un refugio, sino un espacio atravesado por la memoria. Volver implica enfrentarse a una presencia que ya no está, pero que continúa ocupando cada habitación.
Lejos de construir un drama sostenido por grandes escenas de desahogo, la directora apuesta por una narración donde el conflicto permanece contenido. La película encuentra su fuerza en los silencios, en las conversaciones que se interrumpen y en esos gestos cotidianos que revelan cómo cada integrante de la familia atraviesa el duelo desde un lugar diferente. Nadie parece capaz de expresar completamente lo que siente, pero todos buscan, a su manera, proteger al otro.
Esa mirada convierte a Ahí donde no estás en una película sobre los vínculos antes que sobre la pérdida. El dolor nunca pertenece únicamente a Julieta: alcanza también a sus padres, obligados a sostener a una hija adulta, y a Rocío, que intenta acompañar a su madre mientras transita su propia adolescencia. Chiabrando entiende que una ausencia nunca afecta a una sola persona; reorganiza el funcionamiento de toda una familia.
También desde lo formal la película acompaña esa búsqueda. La fotografía de Walter Juárez evita embellecer el dolor, mientras el montaje, realizado por la propia Chiabrando, respeta los tiempos de los personajes y deja que el silencio tenga el mismo peso que las palabras. No hay música destinada a conducir la emoción ni recursos que busquen imponer una respuesta al espectador. La directora confía en la capacidad de la imagen para expresar aquello que los personajes no consiguen decir.
Esa decisión narrativa tiene un costo. En algunos pasajes el relato se vuelve demasiado uniforme y la contención termina rozando cierta inmovilidad dramática. Sin embargo, incluso esa elección parece responder a una idea de puesta en escena: el duelo no avanza de forma lineal ni ofrece momentos de revelación capaces de cambiarlo todo. Se instala, permanece y modifica lentamente la manera de habitar el mundo.
En un panorama donde muchas películas recurren al trauma como motor dramático, Ahí donde no estás apuesta por una mirada menos enfática y más observacional. Laura Chiabrando no intenta responder cómo se supera una pérdida. Su película propone algo más incómodo y, por eso mismo, más cercano a la experiencia humana: aceptar que algunas ausencias nunca dejan de existir y que aprender a vivir con ellas también forma parte de la historia. Ese es el lugar desde el que construye un drama contenido, donde la emoción nace de lo que permanece fuera de campo y no de aquello que se subraya. Esa confianza en el espectador termina siendo, también, la principal virtud de la película.