Literatura chilena

Alberto Fuguet encuentra una nueva voz en "Ushuaia"

En "Ushuaia", el autor chileno abandona cualquier distancia irónica para escribir una novela sobre madres, hijos y despedidas. Sin renunciar a la cultura pop ni a la estructura cinematográfica que caracteriza su narrativa, entrega uno de sus libros más íntimos.

Alberto Fuguet encuentra una nueva voz en "Ushuaia"
domingo 02 de agosto de 2026

Hay un gesto que sorprende en Ushuaia (Tusquets). No tiene que ver con la estructura, ni con las referencias cinéfilas, ni con la cultura pop que durante años definió la literatura de Alberto Fuguet. La sorpresa es otra: el escritor chileno parece dejar de mirar el mundo desde la ansiedad de los hijos para hacerlo desde la incertidumbre de una madre.

No es un cambio menor. Es, probablemente, el desplazamiento más importante de su narrativa en décadas.

Desde Mala onda en adelante, Fuguet construyó una obra poblada de adolescentes, hombres jóvenes y personajes que intentaban entender quiénes eran mientras el cine, la música o la televisión organizaban su educación sentimental. Incluso cuando cambió de registro, esa pregunta permaneció intacta. Ushuaia la reformula. Ya no se trata de crecer. Se trata de aprender a irse.

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Elisa Amenábar sabe que va a morir. Lo sabe desde la primera página y el lector también. No existe suspenso alrededor de su enfermedad. El viaje a la Patagonia que emprende junto a su hijo Beltrán no busca vencer a la muerte sino encontrar una forma de convivir con ella. El título termina funcionando como una promesa que importa menos por su dimensión geográfica que por su carga simbólica: Ushuaia es ese lugar al que uno quiere llegar antes de cerrar definitivamente una historia.

Lo interesante es que Fuguet decide no convertir esa premisa en una novela lacrimógena. El subtítulo —Un destino melodramático— podría hacer pensar en una historia construida sobre golpes de efecto. Ocurre exactamente lo contrario. El autor recupera algunos elementos clásicos del melodrama —la enfermedad, el hijo distante, el pasado que vuelve, el viaje de despedida—, pero los desarma desde adentro. La emoción no aparece por acumulación de tragedias, sino por la manera en que los personajes administran aquello que nunca pudieron decir.

Ahí está el verdadero centro de la novela.

Durante años Elisa y Beltrán convivieron como tantas madres e hijos: compartiendo la vida cotidiana mientras evitaban las conversaciones importantes. Él protege sus silencios. Ella posterga preguntas. Entre ambos se instala una forma de cariño que parece suficiente hasta que el tiempo deja de ser infinito. Fuguet comprende algo que la literatura familiar suele olvidar: las grandes fracturas no siempre nacen del conflicto abierto. Muchas veces se producen por exceso de pudor.

La decisión más interesante del autor consiste en invertir el punto de vista que atravesó buena parte de su obra. Durante décadas escribió sobre hijos que intentaban entender a sus padres. Aquí es una madre quien intenta comprender al hijo que ya no alcanzará a ver convertirse en adulto. Esa inversión reorganiza toda la novela.

También modifica la manera en que aparece la cultura pop. Las películas, las canciones, los libros y los nombres propios siguen formando parte del universo Fuguet. Sería imposible imaginar una novela suya sin Bruce Chatwin, Doctor Zhivago o referencias musicales que acompañan la memoria de los personajes. Pero esta vez esas referencias dejaron de ser el centro de gravedad del relato. Funcionan como la banda sonora de una historia cuya verdadera intensidad está en otra parte: en la intimidad de una despedida.

Hay, además, una cualidad cinematográfica que atraviesa toda la novela. No porque cite películas —eso Fuguet lo hace desde hace treinta años—, sino porque narra como un montajista. La historia avanza mediante fragmentos, recuerdos, documentos y cambios de perspectiva que obligan al lector a completar aquello que nunca aparece del todo explicado. Esa confianza en la inteligencia del lector le permite construir una novela que respira con naturalidad, sin necesidad de subrayar permanentemente sus emociones.

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Quizá la escena más lograda ocurra cuando Elisa observa, desde lejos, el descubrimiento afectivo y sexual de Beltrán. No hay dramatismo, escándalo ni revelaciones grandilocuentes. Solo una mujer que comprende, en silencio, que su hijo podrá seguir viviendo cuando ella ya no esté. Es un momento de aceptación, pero también de liberación. Allí el melodrama encuentra una forma inesperada de delicadeza.

Leída en perspectiva, Ushuaia parece dialogar con toda la obra anterior de Fuguet, aunque desde un lugar nuevo. Los personajes ya no buscan construir una identidad; buscan dejar una herencia emocional. El viaje deja de ser iniciático para convertirse en despedida. La memoria ya no funciona como nostalgia generacional, sino como un intento por ordenar una vida antes del final.

Tal vez esa sea la mayor novedad del libro. Alberto Fuguet no abandona el universo que construyó durante más de treinta años. Lo mira desde el otro extremo de la vida. Y descubre que, detrás del cine, de la música y de la cultura pop que siempre ocuparon el primer plano, lo que permanecía intacto era otra cosa: la dificultad de las personas para decirse que se quieren mientras todavía están a tiempo.

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