Salas
Crítica de “El amor que permanece”: Hlynur Pálmeson y el arte de la separación
Hlynur Pálmeson sigue a una familia en las frías costas de Islandia, donde la rutina oscila entre el trabajo de marinero del padre y las instalaciones de arte contemporáneo que crea la madre.
El amor que permanece (Ástin sem eftir er/The Love That Remains, 2025), protagonizada por Saga Garðarsdóttir y Sverrir Guðnason, narra un año en la vida de una familia islandesa después de la separación de los padres. A través del paso de las cuatro estaciones, el director retrata con delicadeza la disolución del núcleo familiar mediante imágenes de fuerte carga metafórica y construye una reflexión sobre la belleza de los pequeños gestos cotidianos. Al mismo tiempo, desarrolla un discurso donde el arte y el paisaje dialogan constantemente, con obras concebidas al aire libre que se integran a la imponente naturaleza islandesa.
Si algo distingue al director de Godland (2022) es su capacidad para filmar situaciones cotidianas con una belleza singular. El trabajo de los pescadores en alta mar, los animales de las granjas en medio de los inmensos paisajes naturales o el proceso de creación de las rudimentarias instalaciones metálicas que realiza la protagonista en su taller adquieren una dimensión casi hipnótica bajo su mirada.
La película captura una sucesión de imágenes de enorme potencia visual, ubicando la cámara en lugares poco convencionales que ofrecen perspectivas inesperadas sobre personas, animales y paisajes. La delicada banda sonora acompaña esa contemplación y convierte cada plano en una postal de extraordinaria belleza, donde el tiempo parece detenerse para apreciar la textura del viento, el mar y la tierra.
También hay un agudo sentido del humor en la forma de retratar a los habitantes de esa pequeña comunidad. Son personajes excéntricos, observados con cercanía y afecto, mientras los animales —gallos, gallinas, el perro Panda o los peces— adquieren una presencia casi humana. Todos forman parte de una misma concepción de la vida, en la que naturaleza, personas y arte conviven sin jerarquías. En ese universo, los pequeños relatos construidos mediante sucesiones de fotografías revelan la fuerza indomable de la naturaleza, representada desde una fantasía de rasgos surrealistas que convive con la experiencia humana. Lo que escapa a cualquier explicación racional encuentra su lugar en un mundo donde lo incomprensible también forma parte de la existencia.
Hlynur Pálmeson realiza una película majestuosa por la belleza de sus imágenes, pero profundamente sencilla en su humanidad. Es una obra construida a partir de texturas, materiales y sensaciones táctiles que remiten a los elementos naturales con los que la protagonista crea sus instalaciones. Obras destinadas no a ocupar una galería, sino a fundirse con el paisaje: un territorio frío y hostil que, bajo la mirada del director, revela una belleza extraordinaria.