Gaumont
Crítica de "El club de pesca": De la obra de arte a “la gran estafa”
Con su ópera prima, Gastón Revol Molina explora el arte de la estafa a través de la codicia, las apariencias y el desgaste de la vida en pareja.
El club de pesca (2026) recuerda a la película francesa El cuadro robado (Le tableau volé, 2024). Tanto ese film como el reciente hallazgo de una pintura en la ciudad de Mar del Plata vuelven a poner en primer plano el debate sobre el arte: su valor sentimental, su importancia patrimonial y el lucrativo negocio que rodea la comercialización de obras perdidas que, de manera inesperada, reaparecen en los lugares más recónditos.
A partir del hallazgo de un cuadro de incalculable valor en el hogar de una familia humilde, la película construye un retrato de las hipocresías y miserias humanas. La historia entrelaza ambiciones personales, estafadores oportunistas y un matrimonio en crisis, demostrando cómo la posibilidad de una fortuna inesperada pone a prueba los vínculos y desata las peores facetas de sus protagonistas.
Rodrigo (Adrián Azaceta) es un empresario inmobiliario acorralado por sus socios comerciales en el emprendimiento de un barrio privado. Valentina (Paula Brasca), su esposa, es una crítica de arte cansada del destrato de su marido. Un buen día, ella descubre que Camila (Fernanda Cangi), su empleada doméstica, posee una antigua pintura original del artista español Joaquín Sorolla. Al comentarle a su esposo, atento a cualquier posibilidad de negocio por más inescrupuloso que sea, este activa los mecanismos para quedarse con la obra y venderla al mejor postor. Esta situación deriva en una sucesión de engaños y manipulaciones.
Revol Molina utiliza la pintura como una excusa para desnudar la fragilidad moral de sus personajes. El dinero funciona como catalizador de la desconfianza mutua, el resentimiento y la incapacidad de sostener un proyecto de vida en común. En ese sentido, la película propone una mirada mordaz sobre el matrimonio, entendido casi como una sociedad comercial donde el afecto termina subordinado a los intereses individuales.
El film termina describiendo el modus operandi de una clase social acomodada dispuesta a todo con tal de sacar tajada económica de las situaciones. El eje de esta crítica social es el personaje de Rodrigo, del que vemos su rutina diaria desde el trato con la empleada doméstica, su entrenamiento en el gimnasio y su vínculo con sus clientes en su oficina. Un hombre despreciable y miserable que traslada su mezquindad a la relación con su esposa.
Desde este retrato, la película se mueve con soltura entre la ironía, el absurdo y el thriller, propio de La gran estafa (Ocean's eleven, 2001) generando situaciones que rozan el ridículo sin perder credibilidad. Esa combinación permite que la historia avance con ritmo y que los giros mantengan el interés sin necesidad de grandes artificios.
Paula Brasca e Adrián Azaceta sostienen con solvencia la tensión de una pareja que parece incapaz de comunicarse sin recurrir a la manipulación. Ambos encuentran un buen equilibrio entre la astucia y el desencanto, mientras que el elenco secundario —integrado por Ivan Espeche, Raúl Aliaga, Matías Benedetti, Fernanda Cangi, Ricardo Pinelle y Ronda Vázquez— enriquece el entramado de intereses cruzados.
Gastón Revol Molina observa las miserias de la clase media con cinismo y una saludable falta de solemnidad. Su retrato del matrimonio como una empresa destinada al fracaso —o, mejor dicho, como una asociación delictiva donde cada integrante busca obtener el mayor beneficio posible— convierte a esta ópera prima en una propuesta que invita a reflejarse en personajes cuyas decisiones, por momentos, resultan peligrosamente reconocibles.