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Crítica de "Annabelle": Muñeca brava

Pariente cercana de "Chucky, el muñeco maldito" (Child's Play, 1988), "Annabelle" (2014) se presenta como el Spin-Off de "El conjuro" (The conjuring, 2013) narrando los acontecimientos que ubicaron a la muñeca en la vitrina de los objetos poseídos por espíritus malignos. Pero en su concepción la película dista de la saga del muñeco maldito asumiendo mayores parentescos con el clásico de Roman Polanski "El bebé de Rosemary" (Rosemary's Baby, 1968).

Crítica de "Annabelle": Muñeca brava
miércoles 06 de mayo de 2026

La historia comienza en los años en los que se contextualiza El conjuro. Claro que lo hace de manera estética y estereotipada: paredes empapeladas, la radio comentando los asesinatos de Charles Manson y su clan, mientras las muñecas funcionan como un adorno decorativo, al igual que los dobladillos en manteles y vestidos. Una joven pareja vive en las afueras de California esperando el nacimiento de su hija. Pero una noche aparece la desaparecida hija del matrimonio vecino que, para variar, practica el ocultismo. En un episodio traumático hiere a la mujer después de generar una extraña conexión con la llamativa muñeca. La pareja se muda a un edificio en el centro de la ciudad, aunque el mal continúa acechándolos a ellos y a la beba recién nacida.

Con estos elementos, y algunos más, el film arma una trama de sobresaltos con espíritus que, otra vez como en El conjuro, tienen relación con fuerzas demoníacas. La muñeca no se mueve, no habla ni exhala carcajadas siniestras como Chucky; simplemente es —como lo indica una placa al inicio— un canal de conducción para espíritus demoníacos. Entonces, si se asocian de manera elemental los componentes propuestos, la trama queda reducida a: muñeca poseída + secta satánica + el mismísimo demonio intentando apoderarse de un alma.

No hay nada novedoso en el planteo. Sin embargo —y ocurría lo mismo en El conjuro— la película está bien construida y mejor narrada en su afán efectista: todo está puesto al servicio de un entretenimiento sostenido en la espectacularidad del terror. La edición de sonido trabaja cada detalle para provocar el sobresalto en la butaca, mientras el montaje administra la aparición de fantasmas y criaturas satánicas —bastante precarias, por cierto— durante la milésima de segundo exacta para no caer en el ridículo. James Wan, aquí en rol de productor, cuida el producto y le da continuidad a una franquicia que surgió como un éxito inesperado.

Por supuesto, Annabelle tiene varios problemas que la dejan por debajo de su antecesora. Las actuaciones son muy malas, y conviene decirlo sin rodeos: los personajes no transmiten nada, ni la pareja acosada por el espíritu ni el sacerdote que intenta ayudarlos. Funcionan como otro objeto dentro del decorado. Además, en la inevitable comparación con El bebé de Rosemary, la historia pierde espesor. No existe aquí la ambigüedad ni el misterio de lo cotidiano que sí tenía la película de Roman Polanski. La protagonista se llama Mia y su marido John —en referencia evidente a Mia Farrow y John Cassavetes—, el cochecito del bebé es idéntico y la presencia de la secta resulta explícita. Pero Annabelle se encarga de dejar en claro, desde el comienzo hasta el final, que el bien y el mal ocupan lugares perfectamente delimitados: el bien en la Iglesia católica y el mal en las sectas satánicas. En ese sentido, la película resulta bastante chupacirios.

Annabelle cumple como una precuela menor y de bajo presupuesto respecto de El conjuro. Tampoco pretende ser mucho más que eso.

5.0
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