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Crítica de “Cuento de verano”: Fabián Arenillas y la sórdida deriva del señor cobranza

Matías Szulansky traza un descenso urbano por la ciudad de Buenos Aires con Fabián Arenillas como centro gravitacional absoluto.

Crítica de “Cuento de verano”: Fabián Arenillas y la sórdida deriva del señor cobranza
sábado 18 de abril de 2026

Cuento de verano (2026), presentada en el BAFICI luego de su paso por el Tallinn Black Nights Film Festival, construye un relato de autodestrucción sostenido en la intensidad de un personaje que parece no encontrar nunca un punto de reposo.

Jorge (Fabián Arenillas) es un hombre que deambula por la “City” porteña, consumiendo comida chatarra y fumando sin parar mientras intenta recaudar dinero para un jefe. Sin embargo, en lugar de billetes recibe una catarata de insultos, evasivas y humillaciones. Ese circuito de rechazo se extiende a su vida íntima, donde intenta recomponer el vínculo con su ex mujer y su hija tras un infarto. En ese recorrido, el protagonista ensaya un gesto de redención al involucrarse con una prostituta que ha sido estafada.

Szulansky filma este itinerario con una cámara inquieta que sigue de cerca al protagonista para capturar el desgaste físico y moral en tiempo real. La melodía distorsionada y los planos cerrados concluyen que no hay distancia posible: el espectador queda atrapado en ese movimiento errático, en esa respiración agitada, en ese calor agobiante que convierte cada interacción en una pequeña escena de violencia cotidiana. 

El film dialoga con Nueve reinas (2000) en el retrato de los códigos del habla urbana —afilada, agresiva, profundamente local— y en su cartografía de un submundo donde estafadores y estafados intercambian roles con inquietante facilidad. Pero también encuentra resonancias en el cine de los hermanos Safdie (Diamantes en bruto, Good Time: viviendo al límite), especialmente en la construcción de personajes en caída libre.

Arenillas compone un “señor cobranza” que oscila entre lo patético y lo feroz, evitando cualquier forma de redención fácil. Su cuerpo, siempre en tensión, se convierte en el receptor de la violencia social que lo rodea: un sujeto que no despierta empatía en términos convencionales, pero cuya persistencia —casi patológica— lo vuelve magnético.

Cuento de verano funciona así como un tour de forcé áspero y sin concesiones. Szulansky demuestra, una vez más, su capacidad para desplazarse entre películas de un género a otro con oficio, conocimiento y precisión. Y lo demuestra con esta película intensa, angustiante y plenamente acorde a la ciudad que la contiene.

7.0
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