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Crítica de “Sin piedad”: Chris Pratt contra la híper vigilancia de la IA

Timur Bekmambetov (“Se busca”) dirige un thriller a contrarreloj en el que un detective acusado de homicidio debe demostrar su inocencia antes de ser ejecutado.

Crítica de “Sin piedad”: Chris Pratt contra la híper vigilancia de la IA
domingo 22 de marzo de 2026

Sin piedad (Mercy, 2026) es de esas películas pequeñas que funcionan por la originalidad de su propuesta y la simpleza de su ejecución.

En un futuro cercano —que podría formar parte de un episodio de Black Mirror— la ciudad de Los Ángeles ha reducido sus índices de inseguridad gracias a la creación de un programa de inteligencia artificial que juzga y ejecuta en tiempo récord a los delincuentes. La película comienza con el detective interpretado por Chris Pratt en el banquillo de los acusados, recibiendo la sentencia de una jueza generada por computadora (Rebecca Ferguson). Tendrá noventa minutos para convencerla de su inocencia o será ejecutado por el asesinato de su esposa.

La trama del inocente acusado injustamente no es nueva. Alfred Hitchcock construyó buena parte de su filmografía sobre ese dispositivo narrativo, con resultados memorables. Ni hablar de El fugitivo (The fugitive) en su versión televisiva o cinematográfica con Harrison Ford. Solo que aquí no hay fuga posible: el mundo hipervigilado por incontables cámaras que registran cada uno de nuestros movimientos le permite al protagonista, desde el mismo banquillo, acceder a una infinidad de imágenes para reconstruir el crimen del que se lo acusa —nada menos que el asesinato de su esposa— y, eventualmente, salvar su vida.

El guion de Marco van Belle plantea el peligro de delegar en la inteligencia artificial un poder absoluto de decisión. Esa amenaza recorre todo el relato. Pero también se desliza —con menos intención crítica que eficacia narrativa— la idea de una sociedad de control sostenida por dispositivos electrónicos que registran de manera constante nuestra intimidad. Hay cámaras incluso debajo de la cama: un recurso funcional para contar la historia y, al mismo tiempo, para subrayar que ya no existe lugar donde esconderse.

Con estas premisas, Sin piedad se construye como un thriller a contrarreloj de los que simulan transcurrir en el mismo tiempo que dura la película. El vértigo surge del avance inexorable de los minutos y de la acumulación de obstáculos. Como suele ocurrir en este tipo de relatos, el desenlace bordea lo inverosímil cuando se intentan atar todos los cabos, pero forma parte del pacto lúdico que la película propone. Y aunque aquí no es la excepción, el mecanismo funciona: una historia simple, directa y eficaz, narrada a la antigua.

6.0
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