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Crítica de "El caballero de los Siete Reinos": una precuela de escala menor en Poniente
Ambientada un siglo antes de "Game of Thrones", "El caballero de los Siete Reinos" propone un relato de escala menor, centrado en el camino, el aprendizaje y la ética antes que en la épica del poder.
Ubicada cien años antes de Game of Thrones y después de La casa del dragón, El caballero de los Siete Reinos (A Knight of the Seven Kingdoms: The Hedge Knight, 2026) se afirma como una precuela que desplaza el centro del relato. Basada en los relatos de Cuentos de Dunk y Egg de George R. R. Martin, la serie evita reactivar la épica expansiva y la acumulación de giros para proponer un pulso distinto, más atento al trayecto que al impacto inmediato.
Poniente se configura desde el camino, el torneo y la exposición al clima. La puesta privilegia la intemperie y el desplazamiento, y el territorio se presenta como espacio habitado antes que como tablero estratégico. El Trono de Hierro y la dinastía Targaryen persisten como referencia histórica, mientras los dragones sobreviven apenas como recuerdo. La política queda en segundo plano, operando como contexto más que como fuerza motriz del conflicto.
El relato se organiza en torno a Ser Duncan el Alto (Peter Claffey) y su escudero Egg (Dexter Sol Ansell). Duncan se define por su corporalidad y por una ética que entra en fricción con los códigos nobiliarios: no hay linaje ni respaldo simbólico, solo decisiones concretas que delinean su identidad. Egg, en cambio, ocupa el lugar del aprendizaje y la observación. Su recorrido anticipa un destino conocido —Aegon V Targaryen—, pero la serie elige postergar esa revelación y concentrarse en el presente compartido.
La relación entre ambos constituye el núcleo narrativo. La camaradería, las tensiones en torneos menores y los silencios del camino construyen un relato donde la aventura surge como consecuencia del andar, no como misión épica predeterminada. La dimensión sonora acompaña ese enfoque: la música sostiene el clima sin subrayados, reforzando la lógica del relato de formación por sobre la confrontación constante.
En contraste con Game of Thrones, la serie adopta un tempo más controlado y una escala reducida. El conflicto se articula alrededor de nociones elementales —honor, lealtad, desigualdad, pertenencia— y no del poder absoluto. Esa decisión redefine expectativas y delimita su alcance: la intimidad gana espacio, aunque también introduce el riesgo de un avance percibido como contenido para quienes esperan la intensidad característica de la franquicia.
El caballero de los Siete Reinos asume así su condición de relato lateral dentro del universo de Martin. No busca convertirse en un nuevo eje, sino explorar zonas menos transitadas desde una perspectiva más cercana. No amplía el mapa del poder, pero sí el de las experiencias posibles en Poniente.
La pregunta final no pasa por medirla en términos jerárquicos frente a sus antecesoras, sino por evaluar su capacidad de sostener un interés propio. De esa consistencia narrativa y audiovisual dependerá que este tono contenido encuentre una justificación plena como relato autónomo.