Salas
Crítica de "Wicked: Por Siempre" o la política de las apariencias en su capítulo final
"Wicked: Por Siempre" retoma la historia de Elphaba y Glinda para explorar cómo el poder construye relatos, cómo se sostienen las imágenes públicas y qué queda fuera del mito oficial de Oz.
La continuación de Wicked (2024) retoma el universo de Oz para profundizar en su costado político: la magia como dispositivo de poder y sus efectos sobre quienes quedan atrapadas en sus representaciones. Elphaba (Cynthia Erivo), obligada al exilio, circula por los márgenes del mapa —bosques, senderos sin vigilancia, territorios donde la historia oficial pierde control—. Allí encuentra un espacio para reorganizar su identidad lejos del engranaje institucional que la marcó como amenaza. No se trata de una caída, sino de una decisión de habitar el afuera, donde aún resuenan las voces silenciadas de los animales y las alianzas que el régimen prefiere mantener ocultas.
Glinda (Ariana Grande), en cambio, permanece integrada a la arquitectura simbólica de la Ciudad Esmeralda. Su figura pública es sostenida por gestos medidos, discursos ensayados y rituales que buscan preservar la ilusión de orden. La imagen, en su caso, funciona como tecnología de gobierno: una figura diseñada para tranquilizar a una población que ya no confía plenamente en el Mago ni en la tutela de Madame Morrible. El mundo que habita es vertical, luminoso, construido para exhibir estabilidad más que para ejercerla.
En ese contrapunto, la película de Jon M. Chu, basada en el musical de Broadway, ubica el centro de su relato: Elphaba y Glinda deben enfrentar la distancia entre lo que son y lo que representan. No se trata de una reconciliación afectiva, sino de una tensión entre máscaras institucionales y trayectorias personales. Cada una revisa la identidad que el sistema les adjudicó: Glinda como figura ornamental del régimen y Elphaba como emblema involuntario de la disidencia.
Los personajes secundarios —Fiyero, Boq, Nessarose— expanden ese mapa al mostrar cómo Oz se sostiene mediante rituales que buscan legitimar un orden frágil. Ceremonias, compromisos y actos públicos operan como espectáculos destinados a reforzar una narrativa que ya no se sostiene por sí misma. En contraste, la resistencia de Elphaba se expresa en lo concreto: un vuelo que irrumpe en el cielo perfectamente iluminado, un gesto breve que altera la coreografía oficial, una presencia que rompe la puesta escénica del poder.
Visualmente, la película mantiene los códigos instalados en la primera parte —paleta verde-esmeralda, iluminación teatral, composiciones monumentales—, pero los utiliza como memoria del propio universo, no como repetición. Oz aparece condicionado por decisiones previas, como si el paisaje también cargara con las tensiones que lo atraviesan.
Desde ese entramado, Wicked: Por Siempre (Wicked: For Good, 2025) se pregunta por la construcción del mito: ¿quién escribe la historia cuando el poder controla la imagen? La película no persigue una épica tradicional, sino la exposición de un sistema que convierte cada evento en un mecanismo de vigilancia simbólica. Lo que está en juego no es solo el destino de las protagonistas, sino la posibilidad de recuperar una versión de los hechos que no haya sido moldeada para conveniencia del régimen.
Esta segunda parte expone el corazón político de Oz: un territorio regido por apariencias que dictan el orden y donde dos figuras, convertidas en íconos por voluntad ajena, intentan recuperar el control de su propia historia. En ese gesto, desarman el mito que les dio forma y revelan aquello que el poder siempre quiso mantener oculto.