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Crítica de "Grand Tour": El cine como geografía del deseo

En "Grand Tour", Miguel Gomes deconstruye la narrativa clásica del cine de viajes para transformarla en un ejercicio de memoria y ausencia. A través de una estructura fragmentada, el director portugués propone una odisea fílmica que oscila entre la crónica y el sueño, desafiando las convenciones del relato cinematográfico.

Crítica de "Grand Tour": El cine como geografía del deseo
miércoles 16 de abril de 2025

La geografía cinematográfica de Miguel Gomes nunca ha sido literal. En Grand Tour (2024), su último largometraje, el viaje trasciende el mero desplazamiento físico para convertirse en una cartografía emocional que oscila entre el pasado y el presente, entre lo real y lo imaginado. Inspirada en los cuadernos de viaje del novelista W. Somerset Maugham, la película plantea un juego de espejos en el que la fuga se revela también como una forma de resistencia.

Edward (Gonçalo Waddington), un funcionario del Imperio Británico en Rangún, escapa antes de su boda y se embarca en un recorrido por Asia en 1917. Mientras escapa, su prometida Molly (Crista Alfaiate) decide seguir sus pasos, reconstruyendo el viaje con una distancia temporal y emocional que transforma la persecución en una experiencia de evocación y ausencia.

Gomes disloca la lógica convencional del cine de aventuras y propone una narración donde las imágenes de archivo y los registros contemporáneos se superponen, creando una experiencia sensorial que escapa a cualquier categoría. La ausencia del protagonista se convierte en el centro gravitacional del relato: lo que se cuenta es su huella, su rastro borroso en geografías que han cambiado pero que conservan las sombras del pasado.

La apuesta estética de Grand Tour radica en la disociación entre imagen y palabra. Mientras la voz en off relata los movimientos del funcionario colonial, la pantalla evoca, de manera recurrente, un presente ajeno a esa historia. De este modo, Gomes construye una tensión constante entre lo dicho y lo visto, entre la memoria y el olvido, en un juego de contrastes que desestabiliza cualquier certeza y obliga a leer la historia tanto desde sus ausencias como desde sus presencias.

En una época donde el cine de viaje parece reducido a la espectacularización del paisaje, Grand Tour opta por la abstracción y la evocación. No es un film que busque respuestas, sino que plantea preguntas sobre cómo nos relacionamos con el pasado y cómo lo narramos. Como en sus anteriores trabajos, Gomes desafía al espectador a completar el relato, a perderse en un mapa sin coordenadas fijas, donde el cine es, en definitiva, un acto de exploración perpetua.

8.0
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