MUBI
Crítica de "El segundo acto": Quentin Dupieux se ríe de y con todos
En "El segundo acto", Quentin Dupieux despliega su característico humor absurdo para criticar la industria del cine. Con personajes extravagantes, la película es una reflexión irónica sobre las rivalidades en el set y el ego desmesurado de quienes la componen.
En El sgundo acto (Le deuxième acte, 2024), el director francés Quentin Dupieux vuelve a adentrarse en el terreno de la crítica mordaz y el humor surrealista. Conocido por su habilidad para mezclar lo absurdo con la crítica social, Dupieux construye una historia donde el cine mismo es el objetivo de su burla. Los personajes, completamente alejados de los convencionalismos de la narrativa cinematográfica, parecen más bien parte de una parodia, una sátira que se burla de los egos inflados de los profesionales de la industria.
La trama gira en torno a cinco personajes que, a pesar de tener personalidades marcadamente distintas, se encuentran en un mismo set de filmación. Un actor consagrado, envejecido a pesar de su extensa carrera, se ve acompañado por una joven actriz, ambiciosa y caprichosa, y otro actor más joven, celoso de la fama del primero. A estos se suman un excéntrico joven y un bartender que sueña con ser actor.
El guion es tan desestructurado como sus personajes. No hay una trama que seguir, sino más bien una sucesión de escenas que parecen más propias de videoclips que de una narrativa tradicional. Sin embargo, esta elección estilística refuerza el mensaje de la película: una crítica directa al vacío de la industria cinematográfica y a las relaciones humanas dentro de este universo.
A lo largo de la película, Dupieux no deja de burlarse de los vicios del cine: desde las luchas de poder entre actores hasta la falsa modestia de los directores y productores. Sin embargo, a pesar de la caricaturización de estos personajes, lo que realmente queda es la sensación de una comedia que roza lo absurdo. En algunos momentos, la película se convierte en una reflexión cómica sobre la sociedad contemporánea, pero sin profundizar en sus críticas. Este enfoque, aunque divertido, deja al espectador con un ligero vacío al final, como si la película hubiese jugado demasiado con la forma y muy poco con el fondo.
El segundo acto es un festín para los amantes del cine de Quentin Dupieux, pero puede resultar un tanto insatisfactoria para quienes busquen una crítica más profunda. La película juega con la forma y el contenido, pero nunca deja de ser un ejercicio de estilo que, a pesar de sus momentos cómicos, deja al espectador con un sabor agridulce. La sátira del mundo del cine y sus personajes excéntricos ofrecen algo de diversión, pero al final, lo que se espera como una crítica más contundente se diluye en la irreverencia de la obra.