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Crítica de "La ciudad de las fieras", de Henry Eduardo Rincón Orozco

Película que pone sobre la mesa el difícil futuro que les espera a los jóvenes en las comunas marginales de Medellín, Colombia.

Crítica de "La ciudad de las fieras", de Henry Eduardo Rincón Orozco
Noticine-EscribiendoCine
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La ciudad de las fieras (2020) narra la historia de Tato, un joven huérfano de tan solo 17 años, que intenta sobrevivir en una ciudad llena de violencia, caos y malas decisiones. El chico, cuya madre acaba de fallecer, recibe la noticia de que debe irse a vivir con su abuelo Octavio, hasta su mayoría de edad. Después de que una banda local lo persiguiese para matarlo, decide aceptar e irse al campo con él. Será sobre el final, cuando se muestren las consecuencias de lo que supone pertenecer a una zona tan conflictiva y marginal.

Rincón Orozco ubica al espectador en el contexto de un barrio pobre en Medellín, Colombia, en el que el caos asola por todos lados: controles de policías constantes, armas, violencia, batallas de gallos, marginalidad, chabolas... En definitiva, jóvenes con un futuro incierto y un presente complejo. Con la llegada de Tato al pueblo, se presenta la distancia de esos mundos tan diferenciados, el caos de la urbe y la calma del campo. Dos opciones en las que se ve claramente el arco de transformación del protagonista.

La muerte toca a todos y cada uno de los personajes que aparecen en la trama, aunque de manera muy dispar. En el caso de Tato, su relación con la muerte se presenta en el prólogo con el fallecimiento de su madre tras una larga enfermedad, y por tanto, el comienzo de su vida como huérfano. Sin embargo, no será hasta el final cuando descubra que la muerte de su padre era metafórica y no literal. En las últimas escenas, y con un espectador creyendo que la calma había llegado, su mejor amigo, Pitu, es asesinado por una banda local. Este hecho provoca que Crespa, su "novia", huya junto con su familia a Bogotá en busca de seguridad.

El trasfondo de la historia expresa ese sentimiento de desamparo y soledad, al que se ve abocado sin quererlo. Un Estado al que parece no preocuparle esta situación, amigos que fallecen, otros que huyen y él atrapado en esa urbe y, por tanto, en sus violentas normas. Una de las escenas más potentes de la película refleja esto mismo; el joven se encuentra rapeando, su gran pasión, en el centro de un grupo de gente. Al cabo de unos segundos aparece un gallo negro al otro lado de la calle, al que se le queda mirando ensimismado. Cuando la cámara le vuelve a enfocar, no hay nadie a su alrededor, dando así a entender que la soledad le devora lentamente. El joven está solo y con una familia descompuesta: un amigo fallecido, su novia abandonando la ciudad, y su abuelo, en muy malas condiciones de salud esperando su última exhalación. A pesar de la dificultad de la situación, esto no quita al chico de seguir luchando por su sueño de rapear, mientras intenta huir de la violencia que lo envuelve todo.

La fotografía opta por planos detalles y sostenidos, que ayudan a que el espectador tome unos segundos de aliento sobre lo que acaba de ver y pueda reflexionar en silencio. En otras ocasiones nos acerca a los protagonistas a través de un travelling lento a través de una ventana, o una puerta, como si se esuviera espiando aquello que sucede dentro, llegando a conocer sus mayores secretos.

La ciudad se representa con colores más oscuros y muchas sombras. De hecho, la mayoría de escenas que se ruedan allí son de noche, aumentando aún más la sensación de oscuridad y por tanto de tensión. En el caso del pueblo, las grabaciones se realizan de día, los colores son más brillantes y claros, lo que transmite paz y tranquilidad, en contraposición al caos de la urbe.

La ciudad de las fieras es un film creativo, crítico y emotivo sobre el verdadero significado de la palabra familia, en un contexto lúgubre y complejo.

8.0
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