2026-10-28

Gaumont

Crítica de "Intersex / El círculo violeta": la disputa por la soberanía íntima en un documental de Teresa Martino

Una partida de nacimiento hallada al azar en la adolescencia no solo quiebra la confianza familiar, sino que revela quién ha tenido históricamente el monopolio sobre la nomenclatura de la carne. En Intersex / El círculo violeta (2025), este hallazgo funciona como la prueba de un sistema de apropiación más amplio, donde la tutela médica y el ocultamiento actúan como engranajes de una misma maquinaria de domesticación. Teresa Martino filma ese punto de quiebre para sugerir que la intervención sobre el cuerpo no empieza en el quirófano, sino en el momento en que se le niega a un sujeto la narrativa de su propia génesis. La hipótesis que vertebra el metraje sostiene que el derecho a la autodeterminación no se conquista únicamente derogando protocolos clínicos, sino arrebatándoles el archivo biográfico a las instituciones que lo secuestraron.

El documental sigue a un colectivo de personas nacidas con variaciones en sus características sexuales que desafían el binarismo biológico funcional a los manuales de normalización. A través de un dispositivo que alterna testimonios en primer plano con registros de reuniones y activismo cotidiano, la propuesta expone las secuelas físicas y psicológicas de cirugías tempranas diseñadas para suturar la diferencia. El relato coral evita la complacencia victimista al situar el eje en el presente político: un grupo organizado que sale del aislamiento para disputar las condiciones institucionales de su existencia. Lejos de proponer una mera recopilación de casos médicos, la directora construye un mapa de resistencias donde la memoria íntima se transforma colectivamente en una herramienta de interpelación pública.

El rigor formal de la obra reside en cómo hace recaer el peso del sentido en la palabra hablada y en el gesto mínimo que la acompaña. Cuando un testimonio perfila con los dedos en el aire las comillas de la palabra normalización, el lenguaje cinematográfico registra el instante exacto en que el sujeto se despoja de la categoría diagnóstica que lo redujo a anomalía. Esa operación de emancipación discursiva se complementa con la puesta en escena de los encuentros colectivos, donde el aislamiento del pasado se disuelve al comprobar la materialidad de otros cuerpos reunidos. Martino comprende que la soledad no fue un accidente biológico, sino un efecto colateral de un régimen de opresión que invisibilizaba la diferencia para impedir su organización.

Sin embargo, la película tropieza cuando confía en ciertos tópicos visuales del cine de ensayo contemporáneo, como los planos de bosques o masas de agua que intentan simbolizar la libertad de esos cuerpos. Esa deriva estética contrasta con la contundencia de las secuencias donde la cámara observa tareas cotidianas, como preparar una bandera o teclear frente a una computadora, actos prosaicos que devuelven la dignidad al ámbito de lo terrenal. Es en esa fricción donde el documental revela sus costuras: cuando apela a la naturaleza para redimir el sufrimiento, el discurso se vuelve abstracto; cuando registra la acción deliberada y el trabajo colectivo, la imagen adquiere una densidad política insoslayable.

El valor de Intersex / El círculo violeta radica en entender que la visibilidad no es un fin en sí mismo, sino el territorio donde se disputa el derecho a la autoría de la propia historia. Al desplazar el eje desde el daño sufrido hacia la construcción deliberada de una presencia pública, la película trasciende la urgencia de la denuncia para instalarse en el terreno de la soberanía política. La cámara deja de ser un instrumento de tutela para convertirse en el archivo que los propios sujetos administran sin intermediarios.

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