2026-08-13

Filmin

Crítica de "Sauna": todos pueden desear, pero no todos pueden entrar

Hay algo paradójico en que Sauna (2025) empiece rodeada de cuerpos disponibles y termine hablando de lo difícil que puede ser acercarse verdaderamente a otro. Johan (Magnus Juhl Andersen) trabaja en un sauna gay de Copenhague, limpia los cuartos donde otros tienen sexo, recorre aplicaciones de citas y participa de una circulación del deseo en la que siempre parece haber alguien más a un movimiento del dedo. Mathias Broe filma ese mundo sin escandalizarse y tampoco lo convierte en una celebración automática de la libertad sexual. Detrás de los encuentros, los darkrooms y los glory holes aparece un personaje que puede conseguir sexo con facilidad pero no encuentra lo que parece estar buscando. Johan está rodeado de posibilidades y, al mismo tiempo, bastante solo.

Entonces aparece William (Nina Rask) y la película encuentra el conflicto que venía insinuando desde el comienzo. William es un hombre trans y Johan se siente atraído por él antes de comprender del todo qué significa esa identidad. Podría haber sido el punto de partida para otro romance sobre el descubrimiento y la aceptación, pero Broe elige un camino menos tranquilizador. William entra en la vida de Johan y también en un ambiente gay que ha construido sus propias reglas acerca de quién pertenece y quién queda afuera. Cuando le impiden permanecer en el sauna porque no lo consideran un hombre, la escena dice bastante más que cualquier discurso: los espacios nacidos de una historia de exclusión también pueden aprender a excluir. Es allí donde Sauna deja de ser solamente una historia romántica y comienza a funcionar como una película sobre las fronteras que persisten incluso dentro de comunidades que reivindican haberlas derribado.

Lo más incómodo aparece, sin embargo, entre Johan y William. Johan lo ama “tal como es” y la frase, que en otro relato funcionaría como prueba definitiva de aceptación, aquí empieza a resultar insuficiente. ¿Por qué William necesita hormonas o una operación si él ya lo quiere? La pregunta contiene cariño, pero también una forma involuntaria de incomprensión. Johan mira el cuerpo de William desde su propio deseo; William necesita poder mirarlo desde sí mismo. Esa diferencia sostiene uno de los conflictos centrales de la película porque Broe entiende que querer a alguien no significa necesariamente comprenderlo. El amor no elimina las distancias entre dos experiencias y, a veces, incluso puede ocultarlas bajo la convicción de que aceptar al otro debería ser suficiente.

Sauna pierde fuerza cuando comienza a insistir sobre aquello que ya había conseguido mostrar. En su segunda mitad, las discusiones se reiteran, algunos conflictos se estiran y la relación empieza a cargar con el peso de todos los temas que la película quiere abordar. También queda menos desarrollado el deseo de Johan y las razones por las que William consigue romper ese circuito de encuentros intercambiables que definía su vida hasta entonces. Magnus Juhl Andersen y Nina Rask sostienen esos vacíos desde los cuerpos, las miradas y una intimidad que nunca termina de convertirse en refugio. Hay sexo, pero Broe parece menos interesado en provocar con él que en preguntarse qué ocurre después, cuando los cuerpos dejan de ser anónimos y aparece una persona que ya no puede reducirse al deseo del otro.

Por eso Sauna no es, en el fondo, una película sobre una sauna, ni siquiera solamente una película sobre una relación entre un hombre cis y un hombre trans. Es una historia sobre el derecho a definirse frente a la mirada de los demás, incluso frente a la mirada de quienes aman. Su desenlace no resuelve esa tensión y acierta al no hacerlo. Johan tiene que descubrir que amar a William no le concede la capacidad de decidir qué debería bastarle para sentirse él mismo. Quizás allí esté la idea que Broe persigue desde aquel sauna del comienzo: conquistar la libertad de desear a quien se quiera no significa haber aprendido a aceptar que el otro nunca pertenece por completo a quien lo desea.

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