Sala Lugones
Crítica de "El mundo al revés": cuando la memoria también inventa verdades
El mundo al revés (2025) sigue a los habitantes de Villa Giardino, un pequeño pueblo de las sierras cordobesas donde un anciano decide seguir una extraña luz junto a su nieto, mientras dos mujeres que trabajan como cuidadoras de una casa vacía descubren algo que altera su rutina. A partir de esas historias, Agostina Di Luciano y Leon Schwitter construyen una película que borra los límites entre documental y ficción para observar una comunidad donde la memoria oral, las creencias y la vida cotidiana conviven sin necesidad de explicarse
Desde sus primeras escenas, el film instala un ritmo que desafía la urgencia contemporánea. Los acontecimientos no responden a una estructura dramática convencional; aparecen como fragmentos de una cotidianidad donde trabajar la tierra, limpiar una casa, compartir un mate o seguir una luz en medio de la noche poseen el mismo peso narrativo. Esa decisión convierte a los pequeños gestos en el verdadero motor del relato y obliga al espectador a modificar su manera de mirar.
Lo más interesante de El mundo al revés es que nunca establece una frontera definitiva entre lo tangible y lo imaginado. Las leyendas populares, las supersticiones y las historias transmitidas de generación en generación dejan de funcionar como elementos folclóricos para integrarse naturalmente en la vida de los personajes. Lo fantástico no irrumpe para romper la realidad, sino para revelar que esa realidad siempre estuvo atravesada por otras formas de conocimiento y de memoria.
Esa búsqueda encuentra un sostén en un elenco que transmite una presencia desprovista de artificios. Más que interpretar personajes, los cuerpos parecen prolongar el espacio que habitan. La cámara acompaña esa sensación sin imponer una distancia analítica ni una cercanía invasiva, construyendo una relación de confianza que se percibe en cada escena. El paisaje cordobés tampoco funciona como un simple escenario: dialoga permanentemente con quienes lo recorren y termina adquiriendo una dimensión narrativa propia.
La propuesta visual encuentra un complemento preciso en el trabajo sonoro. Ambos elementos construyen una atmósfera donde el viento, los animales, las voces y los silencios poseen tanta importancia como las imágenes. No se trata únicamente de generar belleza, sino de hacer visible una forma distinta de experimentar el tiempo y el espacio.
Pero la película también puede leerse como una reflexión sobre el acto mismo de filmar. Su estructura abierta evita la sensación de que existe una verdad esperando ser descubierta por la cámara. En cambio, el cine aparece como un proceso compartido donde quienes filman y quienes son filmados construyen juntos una mirada posible. Esa elección desplaza el foco desde la representación hacia el encuentro y convierte al documental en una experiencia de intercambio antes que de registro.
En lugar de ofrecer definiciones sobre la Argentina contemporánea, El mundo al revés propone observar cómo una comunidad organiza sus recuerdos, sus creencias y sus vínculos para dar sentido al presente. Allí reside una de sus mayores virtudes: comprender que la identidad colectiva no se sostiene únicamente en los hechos verificables, sino también en las historias que las personas necesitan contarse para seguir habitando un territorio.
Lejos de buscar respuestas concluyentes, la película deja abiertas sus preguntas. Esa incertidumbre no funciona como una falta de definición, sino como una invitación a aceptar que existen formas de comprender el mundo que escapan a la lógica racional. En ese equilibrio entre observación, imaginación y memoria, El mundo al revés encuentra una voz propia y convierte lo cotidiano en un espacio donde todavía es posible descubrir aquello que permanece oculto a una mirada apresurada.