2026-05-24

Festival de Cannes 2026

Crítica de "Coward": Lukas Dhont deja al descubierto lo que el miedo intenta ocultar

En momentos en los que el mundo se encuentra atravesado por diversas guerras, el cine no sólo se acerca a ellas como parte de sus temas de interés directo, sino que también lo hace revisitando las guerras del pasado (que, como se sabe, han definido nuestro presente). Ese es el caso de Coward (2026), la nueva película del realizador belga al que conocimos con Girl y Close (ambas presentadas en el Festival de Cannes, en distintas secciones).

Como en aquellas películas, hay una temática y sensibilidad queer que recorre la trama y la deriva narrativa, aun cuando el foco de la historia que el director nos trae es bien distinta a sus obras anteriores. No se trata estrictamente de una película “basada en hechos reales”, pero Dhont realizó una profunda investigación que sirvió de sustento a Coward. La acción sucede en la Primera Guerra Mundial y así es como vemos el cotidiano de la vida de los soldados. En las fuerzas armadas belgas, según se nos informa al inicio, se turnaban para hacer distintas labores: un período en las trincheras, otro en el destacamento, luchando, rescatando a los que quedaban vivos y, claro, disfrutando de algún momento de ocio. Si bien la guerra está muy presente, no vemos escenas de batalla. Sí sangre, muertos, heridos. Miedo. Pero no es esta una película bélica en el sentido tradicional. Casi no vemos las batallas; vemos sus consecuencias.

A Dhont le interesa particularmente ese momento de evasión y diversión que quedaba en manos de un grupo de soldados “rechazados” que se travestían para entretener a la tropa. Paradojas de la guerra, esos rechazados eran, de alguna manera, respetados y festejados por quienes ciertamente no parecían muy abiertos a ese tipo de diversidad. En una charla con Dhont este me contó que la historia tuvo como germen una noticia que leyó en un diario británico sobre un militar que se ponía la ropa de su madre para cantarles canciones de cuna a los soldados a la hora de descansar. Ya se sabe, el cine es más grande que la vida….

Es en ese contexto que dos jóvenes muy distintos, Pierre un granjero apocado y parco (para interpretarlo el director eligió a un granjero sin previa experiencia actoral, Emmanuel Macchia) y el extrovertido líder del grupo teatral, Francis (Valentin Campagne), traban una relación que excede a la labor performática compartida. Hay, otra vez, una historia de amor gay. Sin embargo, el tema de la película es menos el amor que una reflexión sobre la guerra, el arte y la soledad. Se da la paradoja de que la guerra es, para los protagonistas, el único espacio en el que puede tener un lugar el encuentro entre los dos hombres.

Esa relación forma tanto parte del orden de lo impensado, de lo prohibido, del pecado, que sólo el marco de la locura de la guerra puede ser lo suficientemente fuerte como para que se permita que ello suceda. El atávico miedo a la muerte hace que los hombres tengan menos remilgos y prejuicios al momento de abrazar (como sea) la vida. Los personajes que “se enamoran”, que tienen más en claro por qué quieren vivir, son los que más fácil caen en eso que da título a la película: la cobardía.

Está claro que Dhont pretende poner en tela de juicio ese valor tan instalado de la sociedad patriarcal que se vincula con “dar la vida por la patria”. Así, el realizador parece preguntarse si, al ser la guerra lo que es, ¿de dónde viene? ¿sigue teniendo sentido la carga tan negativa y la calificación de cobarde de quienes no quieren participar de ella.

Con grandes actuaciones y un aire de vodevil un poco extraterrestre en el marco de una guerra tan cruenta y salvaje como lo fue la Primera Guerra Mundial, Coward resulta un poco menos lograda que las películas anteriores del director.

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