2026-05-05

Gaumont - 20 horas

Crítica de “Lipán”: canto, territorio y rito en una experiencia sensorial

Presentada como apertura del Festival Internacional de Cine de las Alturas, Lipán (2025) es un documental que se adentra en la figura de este referente fundamental del folclore del norte argentino. En manos de Calzada —realizador de films de terror como Nocturna (2021) y Luciferina (2018)—, el proyecto adquiere una dimensión mítica donde lo real y lo simbólico conviven.

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Tomás Lipán se presenta como un trovador entre dos mundos: un músico que transita tanto escenarios urbanos como el territorio ancestral jujeño. Su voz, moldeada por la tradición oral y la copla, funciona como un archivo vivo de la cultura andina. Allí, su música no se interpreta: se invoca.

En la vastedad del salar, Lipán se encuentra cara a cara con el Diablo. Esta escena, de impronta surrealista, marca una clave de lectura del film: la del interlocutor simbólico. Lejos de la concepción demoníaca occidental, esta figura —propia del carnaval norteño— se inscribe en una cosmovisión donde lo festivo, lo pagano y lo espiritual conviven sin contradicciones.

El encuentro entre el músico y esta presencia abre el relato hacia una dimensión más profunda: la del diálogo entre lo humano y lo mítico. A partir de allí emergen reflexiones sobre la vida, la muerte, la amistad y el paso del tiempo. El carnaval deja de ser solo celebración para convertirse en un umbral hacia lo invisible, hacia aquello que desborda la lógica racional.

El uso del Super 8 y la textura del celuloide —granulada, imperfecta, orgánica— dialogan con la materialidad del paisaje y con la idea de una memoria inscrita en la tierra. Su combinación con el formato digital genera un contrapunto entre lo contemporáneo y lo arcaico, reforzando la dualidad que atraviesa toda la película. En ese cruce de soportes, el film vuelve visible el paso del tiempo, no solo en los cuerpos y los espacios, sino también en la propia imagen.

La música se articula con la cosmovisión de la Pachamama, donde la tierra no es un recurso sino una madre. Cada canto se vuelve una forma de agradecimiento, una ofrenda que restituye el vínculo entre el ser humano y su entorno. Esta dimensión recorre toda la película, especialmente en las escenas donde el músico canta en soledad: en un cementerio, en las ruinas de su infancia, en una iglesia perdida o en medio del desierto.

Lipán no busca explicar quién es Tomás Lipán, sino acompañarlo. Y en ese gesto, se despliega como una experiencia sensorial en la que música, territorio y rito se funden en una misma forma.

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