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Crítica de "Iron Man 2": Everybody Loves Robert
En vivo y en directo desde la lejana Rusia, Ivan Vanko (Mickey Rourke, otro que volvió del más allá) escucha sin poder creerlo: “Yo soy Iron Man”, confiesa Tony Stark, dueño de la fábrica de armas que fundó su padre. Pero cuarenta años atrás las cosas eran distintas y el trabajo se hacía en equipo: el físico Antón Vanko colaboró y jamás recibió rédito alguno. Iván está dispuesto a recuperar el dinero, retroactivo incluido.
Creado por Stan Lee en 1963, Iron Man se caracteriza por el libre albedrío que motoriza su elección. Mientras los comportamientos de Spider-Man, Daredevil, Hulk o Wolverine son consecuencia involuntaria de una habilidad extraordinaria que no solo no eligen, sino que en la mayoría de los casos prefieren ocultar bajo la identidad falaz de un alter ego, Tony Stark acepta cargar sobre su cuerpo metálico la responsabilidad de salvaguardar la integridad terrestre mediante la concreción del arma más poderosa. “Privaticé la paz mundial”, dice con sorna al inicio del metraje, mientras Robert Downey Jr. empieza a imantar la pantalla con su presencia.
Heredero de un imperio armamentístico, abandonado por su padre, cultor de la exhibición por la exhibición misma, Stark es un norteamericano con alma de argentino: una versión mejorada, más culta y con más perspectiva de nuestro Ricardo Fort, monarca del reino hedonista que él mismo construyó a fuerza de dólares provenientes del emporio chocolatero familiar. Ambos coinciden: el disfrute pasa menos por la utilización de sus bienes que por la ostentación de ellos. Para Stark, inmaduro, chiquilín, caprichoso, todo parece tratarse de un gran juego, un entretenimiento donde él es el único que se divierte y amolda a placer límites y reglas.
No por nada la primera película culminaba con la admisión de que él era Iron Man, acto que completaba un círculo que giraba en sentido opuesto, aunque concéntrico, al de sus hermanos Marvel: ellos lo niegan; él, paradigma de la vanidad y la pedantería, máximo cultor del Ello freudiano, grita a quien quiera oírlo que es un Mesías en la Tierra.
Jon Favreau, también director de la primera entrega, fue consciente de ese trasfondo. Supo que tenía en sus manos a un auténtico bon vivant, y así lo aprehende en pantalla. Los primeros minutos de Iron Man 2 destilan un tono lúdico que va de la mano con el magnetismo de su protagonista, donde cada plano acrecienta la atracción recíproca entre este y la cámara. Lo mismo ocurre con el malvado que compone Sam Rockwell, un reverso simétrico del protagonista, del que solo lo separan una pizca de suerte en la coordenada tiempo-espacio indicada y el talento para preverla.
Pero, al igual que un amor de verano, la fascinación merma a medida que el acostumbramiento hace lo inverso. La obnubilación por la extroversión de Stark se diluye producto de una dispersión narrativa que se acentúa con la inclusión de Nick Fury y los futuros Vengadores, quienes se apisonan en la trama más para proyectar la continuación de la saga —ya está anunciada The Avengers para 2012— que por verdadera funcionalidad dentro del relato.
La sensación que queda es agridulce: una mixtura desigual entre la desazón de que Iron Man 2 es apenas el jamón del medio, el mero conector entre el inicio y el ¿desenlace? de una historia, y la alegría de una película tan atractiva como Tony Stark, el tío que todos quisiéramos tener.