El guionista de "Los colores del tiempo" en el Festival de Cine Francés
Santiago Amigorena: “La memoria es importante sobre todo para olvidar”
En Los colores del tiempo, el pasado no funciona solo como contexto ni como una simple reconstrucción familiar. La película parte de una herencia material, pero rápidamente la transforma en algo mucho más profundo. Así lo define Santiago Amigorena: “Hay una herencia emocional, también artística, de problemas psicológicos, de verdades, de mentiras, de silencio, cosas directas”.
Esa dimensión aparece de manera orgánica en una historia donde los personajes no solo heredan objetos, sino también marcas, preguntas y zonas no resueltas. Incluso el propio proceso de escritura, según contó, fue encontrando ese camino de manera natural: “Las cosas en general no están pensadas antes, es decir, surgen como naturales”.
La identidad es otro de los temas centrales de la película. Para Amigorena, no se trata de una condición fija ni cerrada, sino de una construcción en movimiento permanente. “La identidad es una cosa que tiene tanto pasado como futuro, como presente. Es una cosa que se está moviendo todo el tiempo. No hay que pensar que una identidad se puede fijar”, explicó.
La memoria, naturalmente, aparece como uno de los grandes ejes del relato. “La memoria es importante sobre todo para olvidar”, reflexiona el escritor. Lejos de pensar el olvido como una negación, Amigorena lo plantea como una consecuencia de haber atravesado verdaderamente el pasado. “Cuando uno trata de no acordarse o de borrar el pasado, no tiene olvido, no puede vivir en paz con esa memoria. Esa memoria sigue ahí, surge cuando uno no quiere”, señaló.
En esa misma línea, remarcó que la memoria no debe conservarse como una pieza inmóvil, sino como algo que se elabora para poder seguir viviendo: “La memoria es importante, no para conservarla y que sea siempre exactamente igual”. Y agregó una idea que atraviesa el corazón de la película: “Lo que es importante es decir, bueno, esto es lo que permite ser quien somos, pero también es lo que permite, cuando uno termina de digerirlo, ser otra cosa”.
Otro de los aspectos más logrados del film es su relación con los espacios. Las casas, las ciudades y los paisajes no son apenas escenarios, sino territorios cargados de tiempo. Amigorena contó que una de las ideas más fuertes del proyecto era imaginar una casa cerrada durante décadas que, de repente, vuelve a abrirse. “Si hay una casa que está cerrada desde hace 80 años, de repente puede haber gente que entra en la casa”, explicó. Y sintetizó esa premisa con una frase tan simple como potente: “La casa está llena de pasado”.
A partir de ahí, Los colores del tiempo construye un juego muy fluido entre distintas épocas, sin necesidad de subrayados ni artificios excesivos. De hecho, el guionista reconoció que uno de los elementos que más los sorprendió durante la escritura fue la naturalidad con la que se daban esos pasajes temporales: “Era muy simple y muy fácil pasar de un espacio a otro, cambiando de época sin hacer ningún efecto”. Para él, esa fluidez se sostiene porque “se necesita creer en los personajes en una y otra época”.
También el arte ocupa un lugar central en la película. La pintura, la fotografía y las distintas formas de mirar el mundo aparecen integradas al relato como parte esencial de su sensibilidad. El escritor recordó que la idea de base del proyecto era “hacer una película sobre el nacimiento de la fotografía y cómo la pintura se alejó de la representación realista del mundo”. A partir de ahí, la cinta fue creciendo en capas, entre museos, historia del impresionismo y personajes que absorben todo ese universo.
En ese recorrido, también apareció una observación muy interesante sobre el tiempo de las imágenes. “La foto tiene esa cosa totalmente instantánea”, dijo, mientras que en la pintura “se ve el trabajo”. Y añadió: “Se ve sobre todo en el impresionismo, se ven los golpes de pincel”. En esa oposición entre lo instantáneo y lo elaborado, Los colores del tiempo encuentra una de sus búsquedas más ricas.
Amigorena también se refirió al presente, atravesado por la digitalización, los algoritmos y la inteligencia artificial. Sin caer en una mirada simplista ni nostálgica, admitió cierta melancolía por la pérdida de relación con la materialidad. “A mí me da pena que la gente no tenga casi más relación con las cosas físicas”, confesó.
Al ser consultado sobre qué ocurriría si dejáramos de mirar la historia, respondió sin vueltas: “Nos perderíamos nosotros mismos”. Y completó esa idea con otra definición igual de contundente: “Somos nuestra memoria, pero no para vivir en el pasado”.
Ahí está la esencia de una película que no utiliza el pasado como refugio, sino como una herramienta para comprender mejor el presente. Una obra que, como también señaló Amigorena al hablar del cine de Cédric Klapisch, busca generar “una relación con el espectador al compartir humanidad”.