2026-02-10

Salas

Crítica de "Romería": Carla Simón cierra su trilogía familiar con un viaje al pasado entre heridas, silencios y estigmas

Con Romería (2025), Carla Simón cierra una trilogía en torno a la memoria familiar, tras las reconocidas Verano 1993 y Alcarràs. La película sigue a Marina (Llúcia García), una joven de 18 años que viaja a Vigo en 2004 para reconstruir la historia de sus padres fallecidos, víctimas de la drogadicción y el VIH en los años noventa. El relato alterna entre el presente —donde Marina intenta acercarse a su familia paterna— y los años ochenta, en los que se reconstruye la relación entre sus progenitores, interpretados por los mismos actores que encarnan a Marina y su primo en el presente.

La propuesta se sostiene en la tensión entre el recuerdo y el silencio. La familia gallega, particularmente los abuelos, evita abordar el pasado, mientras el tío Iago (Alberto Gracia) se convierte en el único interlocutor dispuesto a romper el pacto de omisión. En este sentido, Romería vuelve sobre una de las constantes del cine de Simón: las zonas grises del vínculo familiar y los procesos de duelo no verbalizados.

El registro visual enfatiza esta dualidad temporal. La fotografía de Hélène Louvart —también presente en Cannes con Eleanor the Great, debut de Scarlett Johansson— acentúa el contraste entre la aspereza documental del presente y el carácter onírico de los flashbacks, que se condensan en una secuencia en discoteca donde los personajes, cubiertos por sábanas blancas, simbolizan el avance del sida.

Sin embargo, Romería se resiente en su estructura. La división en capítulos inspirados en fragmentos del diario de la madre introduce una dimensión introspectiva que no se integra del todo a la narrativa. El desarrollo de Marina como personaje queda esbozado, al igual que la relación ambigua con su primo Nuno (Mitch Martín) o el vínculo sugerente con Iago, que nunca se articulan como conflictos dramáticos consistentes.

En comparación con Alcarràs, que apostaba por un enfoque coral y una economía expresiva eficaz, Romería aparece más dispersa. El elenco secundario se diluye en una constelación poco diferenciada de parientes. La excepción es García, cuya interpretación equilibra vulnerabilidad y determinación, y logra sostener emocionalmente el viaje de su personaje.

El mayor hallazgo de Simón radica en la forma en que expone las secuelas generacionales del estigma. La película recoge el impacto duradero del sida y la heroína en los vínculos familiares, particularmente en una escena donde Marina observa en silencio cómo su abuelo distribuye dinero entre sus nietos, a la espera de un gesto más profundo que una dádiva.

Más que un relato cerrado, Romería funciona como una carta visual hacia un pasado no dicho. Su potencia reside en la sinceridad con la que aborda el silencio como herencia, pero se queda a mitad de camino en su capacidad para traducir esa catarsis íntima en una experiencia cinematográfica sólida.

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