Gaumont
Crítica de “El tema del verano”: zombis uruguayos en la nueva normalidad
El tema del verano (2025) es una extraña pero estimulante mezcla de géneros con el espíritu del bajo presupuesto, en la línea del cine más lúdico y desinhibido de Robert Rodríguez, Quentin Tarantino, Sam Raimi o el primer Peter Jackson: películas hechas desde la pasión por el entretenimiento puro, sin complejos ni solemnidad.
Con ese mismo tono, aunque atravesado por una impronta marcadamente rioplatense, la película dirigida por Pablo Stoll Ward propone un apocalipsis zombi tan singular como descontracturado. La historia se sitúa en una zona costera de Uruguay, donde tres jóvenes (Azul Fernandez, Malena Villa y Débora Nishimoto) operan como modernas viudas negras: seducen, duermen y despojan a hombres ocasionales. Su recorrido las lleva hasta una casa habitada por un grupo de artistas snob que se perfilan como las próximas víctimas. Sin embargo, algo se desajusta —y ese desvío será definitivo—, empujando al relato hacia una espiral de caos donde toda noción de normalidad se disuelve.
Uno de los mayores aciertos del film reside en el contexto social que construye: un mundo pandémico en el que la locura ya no irrumpe como excepción, sino que se asume como parte constitutiva de una normalidad deformada. En ese universo, “los muertos no mueren”, como sentencia uno de los personajes, y los zombis no son tanto una amenaza extraordinaria como una presencia latente, integrada al paisaje.
Este cruce argumental remite a la osadía y el desenfado de Del crepúsculo al amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996) o a la reciente Pecadores (Sinners, 2025), pero el anclaje local transforma el relato en un grotesco atravesado por humor negro y comentario social. Las tres protagonistas funcionan como antiheroínas de este mundo patas para arriba: una versión marginal de Los ángeles de Charlie, adaptada a las coordenadas del subdesarrollo y el desencanto regional.
La trama juega constantemente al todo o nada en su mirada alucinada del presente. En ese recorrido aparecen figuras reconocibles, como un siempre efectivo Daniel Hendler y otros rostros habituales de la escena uruguaya. Sin embargo, la verdadera audacia del film está en su forma: un relato que muta —literalmente— de un género a otro sin pudor ni explicaciones, desafiando cualquier expectativa de coherencia clásica.
El tema del verano parece incluso insinuar su propio final en varias oportunidades, solo para volver a ponerse en pie, como sus personajes, que mueren y siguen caminando. Porque en este universo los muertos no mueren… y tal vez la pasión por el cine como acto de puro entretenimiento, tampoco.