2026-01-04

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Crítica de "Rapidos y furiosos 7": El transportador está furioso

Para que toda película de acción funcione y quede en la retina del espectador, debe contar con al menos un par de escenas de acción memorables. Rápidos y furiosos 7 (Fast & Furious 7, 2015) tiene varias: autos que caen en paracaídas, atraviesan rascacielos, esquivan drones y continúan su marcha como si nada. La saga no persigue el realismo: se apoya en los cánones del espectáculo cinematográfico, con ecos de la publicidad y el videoclip. En ese terreno, el engranaje funciona.

La séptima entrega, con Jason Statham en el rol del antagonista, estaba prevista para estrenarse un año antes, pero la muerte de Paul Walker obligó a reescribir el guion y a un extenso trabajo de posproducción para justificar su presencia. El resultado lo mantiene en pantalla durante toda la película y lo reafirma como uno de los héroes del relato, en línea con sus participaciones previas.

Como buen cine de acción, el argumento no se enreda: apela a pulsiones elementales. La venganza es el motor que amenaza con desarmar una familia. Por un lado, Deckard Shaw jura vengar a su hermano eliminando uno a uno al clan Toretto. Por otro, Dominic Toretto —interpretado por Vin Diesel— articula su propia represalia tras ver herido a Hobbs, el personaje de Dwayne Johnson. En el medio aparece Kurt Russell como jefe de una operación encubierta, junto a los rostros ya conocidos de la franquicia.

Rápidos y furiosos 7 dialoga con el espíritu de Los Indestructibles y con la lógica de The Avengers: grupos de aliados casi invencibles enfrentando amenazas de escala desmedida, con edificios que se convierten en decorado móvil. La diferencia es clara: aquí la épica sucede sobre ruedas. Persecuciones en bosques, desiertos y ciudades como Dubái, California o Tokio construyen una ambición que busca superar a una sexta entrega menos eficaz, aunque sin alcanzar la marca que dejó la aventura en Río de Janeiro.

Estética publicitaria, ritmo clipero y escenas de acción coreografiadas con precisión —cámaras que giran en 360 grados— completan una película que entiende su función dentro del género. Los personajes se reparten frases de impacto, el espectáculo avanza y la experiencia se consume con rapidez. Cine pochoclero en su forma más reconocible: efectivo en su despliegue, consciente de su condición. Basta con observar la escena del auto atravesando el ventanal de un rascacielos y destruyendo una sala repleta de obras de arte. El arte derribado por la potencia del cine de Hollywood, sin rodeos.

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