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Crítica de “Vlasta, el recuerdo no es eterno”: En la búsqueda de la primera directora del cine sonoro
El cine argentino contemporáneo sigue revisando su propia historia para recuperar las voces silenciadas. Entre los hallazgos más significativos de los últimos años se encuentra el nombre de Vlasta Lah, la cineasta que rompió el techo de cristal de la industria en el período sonoro, largamente ignorada e incluso menospreciada.
El documental Vlasta, el recuerdo no es eterno (2025), presentado en el Festival de Cine de Mar del Plata, desvela la obra y vida de esta pionera. La película es el resultado de la profunda investigación de los cineastas e historiadores Candela Vey y Martín Miguel Pereira, plasmada originalmente en su libro Por ser mujer: La biografía de Vlasta Lah.
"A ella todo le costó el doble, por cuestiones de clase y por cuestiones de género", coinciden los autores. Lah fue una directora con una visión fuerte en un momento en que el cine clásico argentino era reacio a las miradas femeninas. Su singularidad radica en la calidad y las transgresiones temáticas que propuso en sus dos largometrajes, Las furias (1960) y Las modelos (1963).
El documental ubica a Vey y Pereira como una suerte de investigadores privados a través de un relato policial. Al igual que Lorena Muñoz y Sergio Wolf en Yo no sé qué me han hecho tus ojos (2003) hicieron con la figura de Ada Falcón, los realizadores se convierten en protagonistas de la trama, embarcándose en un viaje para develar el misterio que rodea a Vlasta Lah. Fotos, cartas y trozos de fílmicos aparecen como pistas que conducen al objetivo central del film: encontrar el fílmico original en 35mm de sus películas.
La biografía de Lah, nacida en 1913 en Pola (hoy Croacia, parte del extinto Imperio Austrohúngaro), era un mosaico de datos confusos. El documental destaca su formación internacional: estudió en el prestigioso Centro Sperimentale di Cinematografia en Roma en los años 30, la misma usina que nutrió a la generación del neorrealismo italiano. Por ello, Vey y Pereira viajan al viejo continente para buscar información sobre Vlasta —hallando sus cortometrajes previos— e incluso entrevistan a su hijo Víctor, quien aporta valiosas anécdotas de rodaje.
Su llegada a Argentina en 1938 junto al director Catrano Catrani y su ingreso a la maquinaria de los Estudios San Miguel son hitos cruciales. Se revela, por ejemplo, que Lah, siendo asistente de dirección, se hizo cargo de rodajes de películas dirigidas por hombres en varias oportunidades, y que muchos querían trabajar con ella por su experiencia y capacidad para resolver escenas complejas.
Uno de los puntos más importantes del documental es el vínculo de Vlasta con el peronismo, llegando a ser funcionaria a cargo de la primera escuela de estudios cinematográficos de Argentina. Su obra y figura fueron desmanteladas y borradas de la historia tras la Revolución Libertadora. Este olvido histórico traza un paralelo evidente con el momento actual del cine nacional, un eco que el film expone con imágenes de movilizaciones frente al cine Gaumont.
Quizás el único reproche que podría hacérsele a este trabajo es la falta de nueva información por fuera del libro Por ser mujer: La biografía de Vlasta Lah. Datos que el documental podría agregar en imágenes o información adicional sobre la memoria de una artista olvidada injustamente. A pesar de esto, el film ofrece un poderoso comentario sobre las estructuras que silencian a las pioneras y la urgencia de reescribir la historia del cine con todas sus voces.