Cine Arte Cacodelphia
Crítica de "No puedo tener sexo": Una tragicomedia millennial en formato selfie
La consigna inicial parece salida de una sesión de terapia grabada para TikTok: Bel Gatti no puede tener sexo. Pero en lugar de contárselo solo a su psicóloga, decide contárselo al mundo. Así nace No puedo tener sexo (2024), un documental autoficcional en primera persona, donde la cámara frontal y los emojis conviven con dildos, duelos familiares, textos sobreimpresos y monólogos terapéuticos.
La película es, a la vez, una crónica millennial, un diario audiovisual, una coreografía de traumas en loop, un antiensayo disfrazado de performance pop que dinamita cualquier forma tradicional de narrar, y una especie de OnlyFans emocional donde el cuerpo no se desnuda, pero sí se expone. Todo bajo una estética neón, saturada y confesional, como si la ansiedad tuviera cuenta verificada en redes.
Bel no tiene sexo, pero tiene ideas. La imposibilidad física se convierte en motor narrativo, y la abstinencia toma forma fílmica entre filtros, memes, cartas no enviadas y terapias dramatizadas. La estética del documental se apoya en el formato selfie, borrando la distancia entre cineasta y espectador: no hay plano general, solo el largo del brazo.
El relato, deliberadamente caótico y fragmentado, ensaya besos reales y ficticios, mezcla reflexiones sobre el deseo con tareas domésticas, y superpone lo íntimo con lo performático. En lugar de construir una narrativa de superación, No puedo tener sexo abraza su condición de bucle existencial: no se trata de llegar al sexo, sino de explorar por qué ese punto parece inalcanzable.
En este camino, Gatti crea una obra donde la vulnerabilidad se convierte en manifiesto, y la forma audiovisual es el único espacio donde algo parecido al deseo puede sobrevivir.