2025-04-10

Sala Lugones

Crítica de "El desconocido del lago": Alain Guiraudie filma el goce

Pocas veces el cine ofreció un testimonio tan fascinante sobre la sexualidad y la masculinidad —dos conceptos que no necesariamente se condensan en la idea de “sexualidad masculina”. La película de Alain Guiraudie se aleja de cualquier mirada tautológica o clínica, y cifra su potencia en lo inasible, en el roce, en la exposición del deseo en tránsito. Porque de transitar se trata: el deambular de cuerpos hacia un lago bellísimo activa en sus personajes diversas formas del goce. El goce del cuerpo desnudo en la naturaleza, el del voyeurismo, el del sexo entre varones, o incluso el de la contemplación del otro.

Lee también: Toda la programación del Festival de Cine Francés 2025

Ese escenario se despliega en tres espacios precisos: el lago, donde se nada; la orilla, donde se toma sol y se expone el cuerpo; y el bosque, donde buena parte de esa pequeña comunidad gay se congrega para encuentros sexuales casuales… o simplemente para observar.

Hacia ese paraíso silvestre llega Franck (Pierre Deladonchamps, en una actuación contenida y brillante), un joven gay que se enamora a primera vista de Michel (Christophe Paou), un habitué del lugar, admirado por su destreza en el agua y su cuerpo trabajado. Una tarde, Franck lo observa desde lejos y lo ve ahogar a su pareja. Desconcertado, decide regresar como si nada hubiese ocurrido, y entabla con Michel una relación sexual que, poco a poco, deviene en algo más complejo.

El fuera de campo es absoluto. El mundo más allá del lago apenas existe en unas pocas referencias, lo que confiere al film una cualidad casi mitológica. Solo tres personajes dominan la escena: Michel, Franck y Henri, un hombre mayor, poco agraciado, heterosexual y solitario, que parece purgar una pena amorosa sentándose a contemplar el lago. Henri es, sin duda, uno de los personajes más melancólicos y entrañables del cine reciente. La amistad que entabla con Franck —a través de conversaciones tan simples como filosóficas— evoca al Banquete de Platón, ese antiguo diálogo sobre el amor. Porque de eso se trata: del amor que emerge de la palabra.

Henri, como un Sócrates crepuscular, niega el cuerpo y apela al pensamiento, interpelando a un Frank idealista y expuesto. Lo advierte, lo cuida, lo empuja a pensar. Y lo pone en guardia, sin decirlo del todo, sobre el peligro que habita cerca, demasiado cerca.

A medida que avanza la historia, la inquietud se amplifica. No solo en el espectador, sino también en la mente de Franck. La aparición de un inspector de policía que comienza a investigar el entorno —y a “inmiscuirse” en ese universo cerrado— introduce una mirada ajena, normativa, sobre un territorio del deseo que hasta entonces se nos presentaba como naturalizado y autónomo.

En El desconocido del lago (L'inconnu du lac, 2013), Guiraudie no esquiva lo explícito. Pero lo usa no como recurso pornográfico sino como condensador de pasiones. Las escenas sexuales no son rutinas mecánicas para el placer del espectador, sino extensiones del conflicto interior de los personajes. Son actos cargados de implicancia emocional. Esa es una de las decisiones más inteligentes del film: el sexo no como espectáculo, sino como sintaxis del deseo.

Por todo esto, El desconocido del lago no solo es una exploración provocadora del deseo entre varones, sino también un retrato profundamente humano sobre la soledad, el amor, la contemplación y la amenaza. Un universo tan fascinante e inevitable como el deseo mismo. Una verdadera obra maestra del cine contemporáneo.

Te puede interesar