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Crítica de "El sabor de la vida": La película con Juliette Binoche que Francia erróneamente envió al Oscar
Ambientada en el mundo de la gastronomía francesa en 1885, El sabor de la vida explora la relación entre Eugénie (Juliette Binoche), una cocinera de prestigio, y Dodin (Benoît Magimel), el renombrado chef para el que ha trabajado durante los últimos 20 años. Su conexión, inicialmente profesional, se profundiza con el tiempo, convirtiéndose en un romance apasionado que encuentra su máxima expresión en la creación de exquisitos platos.
A medida que Eugénie y Dodin se enamoran cada vez más, colaboran en la cocina con una armonía perfecta, fusionando su amor con su arte culinario. Juntos, desafían los límites de la gastronomía, inventando y perfeccionando recetas que no solo deleitan a sus comensales, sino que también impresionan a los chefs más ilustres del mundo. Sus creaciones se convierten en una sinfonía de sabores, reflejando tanto su destreza técnica como la profundidad de su relación.
A través de una narrativa que mezcla romance y gastronomía, El sabor de la vida nos transporta a una época en la que la cocina era una forma de arte y el amor se cocinaba a fuego lento. La película celebra no solo la excelencia culinaria de Eugénie y Dodin, sino también su capacidad para transformar su amor en platos que capturan el corazón y el paladar de todos los que los prueban.
Dirigida con meticuloso detalle por Tran Anh Hung, El sabor de la vida, adaptación de la novela "La vie et la passion de Dodin-Bouffant" (1924) de Marcel Rouf, brilla no solo por las excepcionales actuaciones de Juliette Binoche y Benoît Magimel, quienes presentan sus platos como auténticas obras de arte comestibles que fusionan maravillas culinarias con una emotiva historia de amor maduro, sino también por el deslumbrante trabajo del director de fotografía Jonathan Ricquebourg, cuyo talento eclipsa a muchos programas de cocina televisivos.
La narrativa ofrece un llamativo contraste respecto a la recientemente estrenada Club Cero (Club Zero, 2023), de Jessica Hausner, en la que unos adolescentes dejan de comer por el bien de la humanidad y, supuestamente, de sus cuerpos. En esta nueva propuesta, la felicidad absoluta se manifiesta en la preparación y degustación de los platos más sofisticados: las verduras recién cosechadas del huerto y los circuitos de elaboración de salsas que desafían la comprensión de los neófitos.
Mezcla de romanticismo clásico e inmersión gastronómica, El sabor de la vida se desarrolla a fuego lento con resultados deliciosamente tiernos. La película se posiciona como una digna emisaria de la cultura y el "poder blando" francés, destinada a conquistar audiencias alrededor del mundo. Hung nos invita a mirar más allá de sus deslumbrantes exhibiciones gastronómicas para apreciar los placeres cotidianos que a menudo damos por sentados.