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Crítica de "El Círculo": la serie de Alejandro Lozano con Zuria Vega y Michel Brown que expone la podredumbre del poder en México
Basada en la novela de Jorge Zepeda Patterson, la nueva serie de Netflix explora los oscuros límites de la amistad frente a una red de corrupción e impunidad.
Basada en la aclamada novela Los corruptores de Jorge Zepeda Patterson, El círculo (2026) arranca con un detonante clásico pero sumamente efectivo: la publicación de un video por parte de Tomás, quien ejerce como periodista. Dicho material audiovisual muestra a una famosa actriz llamada Pamela Dosantos ingresando a una residencia oficial del secretario de defensa del gobierno nacional poco antes de ser encontrada sin vida en extrañas circunstancias. Este chispazo inicial funciona como una fuerza centrífuga que altera de inmediato la aparente tranquilidad de cuatro amigos de la infancia —interpretados con solvencia por Zuria Vega, Michel Brown, Raúl Briones y Osvaldo Benavides—, quienes quedan atrapados sin escalas en una compleja red de chantajes institucionales.
Para entender la magnitud del conflicto, es fundamental detenerse en el perfil de este cuarteto protagonista y cómo cada uno reacciona ante la crisis. Tomás (Michel Brown) es el periodista cuya publicación desencadena los hechos y lo obliga a afrontar las consecuencias de su trabajo. Amelia (Zuria Vega) intenta mantener unido al grupo, aunque también atraviesa sus propias dudas y temores. Mario (Raúl Briones) y Jaime (Osvaldo Benavides) muestran cómo la presión del poder hace resurgir sus ambiciones y los miedos del pasado.
Lejos de quedarse en el efectismo del misterio superficial, la serie dirigida por Alejandro Lozano disecciona con agudeza cómo la culpa erosiona los vínculos más sinceros. La propuesta narrativa evita caer en panfletos convencionales, optando por retratar las grietas de un sistema donde la impunidad lo impregna absolutamente todo. Los cuatro protagonistas reflejan distintas respuestas frente al colapso: mientras algunos buscan desesperadamente una salida individual, otros intentan negociar con las sombras o se aferran a una moralidad que se desquebraja por completo, transformando un refugio de amistad en un auténtico campo minado.
Desde el punto de vista formal, la puesta en escena acompaña este clima opresivo mediante una apuesta estética muy cuidada. La fotografía recurre conscientemente a tonos apagados y a una iluminación que acentúa la sensación constante de encierro, mientras la cámara busca la intimidad de los rostros para captar el desgaste psicológico. A esto se le suma una factura técnica impecable, con un montaje riguroso y una banda sonora que subraya con precisión los momentos de mayor crispación dramática, logrando sostener la tensión junto a las interpretaciones de un reparto secundario de lujo que incluye a Saúl Lisazo y María Elisa Camargo.
Sin embargo, el mayor riesgo de El círculo radica en su extrema ambición y en la cantidad de frentes que abre simultáneamente. A lo largo de sus ocho episodios, la trama acumula subtramas y giros que exigen absoluta atención, rozando por momentos el desequilibrio en su estructura coral. A pesar de estos desniveles de ritmo, la serie logra trascender el mero entretenimiento criminal para erigirse en un incómodo espejo social, demostrando que cuando el miedo se apodera del escenario, nuestros propios secretos son el arma más peligrosa.