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Crítica de “La última casa”: Wagner Moura y Greta Lee, atrapados bajo la lluvia
Louis Leterrier encierra a Wagner Moura y Greta Lee en una casa rodeada por una lluvia interminable y criaturas desconocidas. “La última casa” parte de una premisa que combina confinamiento, supervivencia y terror, pero pierde fuerza cuando explica demasiado, exhibe sus amenazas y cambia de género sin encontrar un rumbo definido.
No se sabe exactamente cuándo una situación cotidiana se convierte en una pesadilla. Puede ser un instante, un relámpago que parte el cielo, o puede ser un proceso lento, casi imperceptible, como el goteo de un grifo que acaba inundando la cocina. Louis Leterrier, el director de The Transporter y Fast X, ha decidido explorar esa frontera en su última película, La última casa (The Last House, 2026), un thriller de supervivencia protagonizado por el brasileño ganador del Globo de Oro Wagner Moura, que confina a una familia en su propio hogar mientras una lluvia extraña y persistente lo sella todo a su alrededor.
La historia arranca en Seattle, una ciudad acostumbrada a la lluvia, pero no a esta lluvia. Jason Delgado, interpretado por Wagner Moura, vuelve a casa después de una mañana de pesca infructuosa. No ha capturado nada, pero ese detalle, que en otro contexto sería una anécdota menor, adquiere pronto otra dimensión. Cuando la familia se dispone a salir a comprar un árbol de Navidad, descubre que ninguna puerta puede abrirse, ninguna ventana cede. Ni la de delante, ni la de atrás, ni las de los vecinos. Algo ha ocurrido. Las calles se han vaciado, la conexión a internet ha desaparecido y el único mensaje que llega del exterior es el de la lluvia que no cesa.
Durante los primeros compases, la película juega con la idea del confinamiento que tantos conocieron durante la pandemia. La familia intenta mantener una rutina: tareas domésticas, estudio para los niños, ejercicio. Ann, el personaje de Greta Lee, arranca el suelo de la cocina para plantar tomates y verduras; Jason ingenia trampas para cazar ardillas. Pero el tiempo pasa. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses, los meses en años. Los niños crecen. La casa se deteriora. Y la lluvia sigue cayendo.
El guion, firmado por Matthew Robinson, que ya había explorado la ciencia ficción con “Love and Monsters” y la sátira con Good Luck, Have Fun, Don't Die, introduce una voz en off que, en ocasiones, resulta excesivamente explicativa: “El día que llegaron las lluvias, supimos que no estábamos solos”. Esa frase, que podría haber funcionado como un susurro inquietante, se convierte a veces en un recordatorio de que la película no confía del todo en que el espectador esté prestando atención.
El problema de fondo, sin embargo, no es tanto la lluvia como lo que trae consigo. Porque cuando el agua cae, algo se mueve fuera. Algo que no es humano. Algo que acecha. Leterrier, acostumbrado a las persecuciones de coches y a los golpes de efecto, no parece sentirse del todo cómodo en el terreno del terror doméstico. Hay momentos en los que la tensión se dispara, pero hay otros en los que el director recurre a los viejos trucos del género: cadáveres que flotan en el agua, cuerpos infestados de criaturas, sustos que llegan exactamente cuando se esperan.
Y luego están las decisiones de los personajes. Porque en La última casa hay momentos en los que los protagonistas hacen exactamente lo que no deberían hacer. Se quedan quietos cuando deberían correr, dudan cuando deberían actuar, se exponen cuando deberían esconderse. Es el tipo de comportamiento que convierte una película de miedo en una película para gritarle a la pantalla. Jason, el padre, es un hombre práctico, un MacGyver de pacotilla que intenta resolver los problemas con ingenio; Ann, la madre, pasa del optimismo forzado al derrumbe emocional con una facilidad que desconcierta. Son dos actores extraordinarios, pero sus personajes están tan mal dibujados que ni ellos pueden salvarlos del todo.
A medida que avanza el metraje, la película da un salto en el tiempo. Han pasado cinco años. Los niños son ahora adolescentes, interpretados por Gabriel Barbosa y Emma Ho. Graham, el hijo, se ha vuelto hosco y rebelde; Ruth, la hija, se refugia en la imaginación, leyendo sobre sirenas y monstruos marinos. La casa sigue en pie, pero la naturaleza ha invadido el jardín. Y las criaturas, que al principio apenas se vislumbraban, empiezan a mostrarse con toda su fealdad. Son una mezcla de Lovecraft, de The Host de Bong Joon-ho, de kaijus y de tentáculos digitales que no terminan de resultar aterradores. Cuanto más se ven, menos miedo dan.
El final, además, es problemático. No porque sea abierto, que lo es, sino porque llega precipitadamente, como si la película hubiera perdido el interés en su propia historia. La resolución, que apunta a un mensaje de empatía entre especies, resulta tan confusa como superficial.
La última casa tiene, sin embargo, algunas virtudes. La más evidente es su capacidad para mantener el interés a pesar de sus defectos. Hay algo en la premisa, en esa idea de estar atrapado en el lugar que debería ser más seguro, que conecta con un miedo muy actual. También hay algo en la interpretación de Greta Lee y Wagner Moura, que se esfuerzan por dar peso a unos personajes que el guion no termina de sostener. Y hay, de vez en cuando, algún que otro momento de tensión bien resuelto, algún plano que aprovecha la arquitectura de la casa para crear una sensación de claustrofobia.
Pero no es suficiente. La película cambia de tono con tanta frecuencia que resulta difícil saber qué quiere ser: si un drama familiar, un thriller de supervivencia o un ejercicio de terror cósmico. El salto entre géneros, lejos de enriquecer la propuesta, la vuelve errática. Y la dirección, que funciona bien en las escenas de acción, fracasa cuando intenta construir atmósfera. Leterrier no es un director de terror, y se nota.
En el fondo, La última casa es una película sobre el miedo a lo que no se ve, pero también sobre el miedo a lo que se ve demasiado bien. Sobre la familia como refugio, pero también como jaula. Sobre la resiliencia, sí, pero también sobre el agotamiento. Podría haber sido algo más. Se queda en un producto correcto, entretenido a ratos, que se olvida casi tan rápido como la lluvia que la motiva. No es la peor de las películas de supervivencia que ha producido Netflix, pero tampoco es la mejor. Es una de esas películas que uno ve, comenta al día siguiente con cierto interés y luego olvida.