Teatro Border - Viernes a las 20 horas
Crítica de “VOXPOP: Desinteligencia artificial”: la risa como resistencia analógica
Tras agotar localidades en su primera temporada, la banda vuelve al escenario del Teatro Border con una propuesta que reafirma por qué siguen siendo una rareza imprescindible dentro de la escena local.
En tiempos donde la tecnología promete perfección inmediata y emociones prefabricadas, el regreso de VOXPOP con Desinteligencia artificial funciona casi como un acto de rebeldía. Una celebración de lo humano, de lo imperfecto y, sobre todo, de lo vivo.
La voz en off sugiere un mito fundacional: en un futuro cercano, una excavación descubre los restos de una banda “analógica”. Ese grupo —VOXPOP— aparece como una reliquia de un tiempo sin algoritmos ni autotune. A partir de ahí, el show construye un juego metateatral que combina arqueología ficticia, humor absurdo y una profunda nostalgia por la creación artesanal.
Pero lo que podría quedarse en un concepto simpático, en manos de VOXPOP se transforma en un despliegue escénico de altísima precisión. Los seis intérpretes —Pablo Kaloustian, Mariano Avruj, Oscar Llóbenes, Mariano Barreiro, Axel Jeannot y Hernán Laperuta— sostienen el espectáculo únicamente con sus voces y cuerpos. La música a capella es el motor creativo: cada arreglo vocal (a cargo de Juan Serruya y Barreiro) reconstruye canciones con una riqueza sonora que desafía cualquier expectativa.
El humor, marca registrada del grupo, aparece en múltiples capas. Hay sketchs desopilantes, juegos con el público y una ironía constante sobre la dependencia tecnológica contemporánea. Sin embargo, lo más interesante es que la risa siempre está al servicio de una idea: la pérdida de sensibilidad que puede acarrear el uso indiscriminado de la tecnología.
La dirección general de Matías Paladino articula con precisión los distintos lenguajes del espectáculo —teatro, música y comedia— evitando que ninguno opaque al otro. El ritmo es dinámico, con transiciones fluidas que mantienen al público en un estado de atención constante. La escenografía y el diseño lumínico acompañan con inteligencia, sin recargar una propuesta que se apoya, esencialmente, en la presencia escénica de sus intérpretes.
Hay una dimensión afectiva que atraviesa toda la obra. La nostalgia sobre los objetos análogos que transmitían música: tocadiscos, pasacassettes, radios, etc. Además, en cada número se percibe una defensa del trabajo colectivo, del error como parte del proceso creativo y de la conexión directa con el público, sin mediaciones digitales.
Desinteligencia artificial piensa su tiempo desde el juego y la ironía. En una era saturada de estímulos virtuales, su propuesta tiene algo de oasis: un recordatorio de que seis voces, bien afinadas y cargadas de ingenio, todavía pueden generar una experiencia profundamente auténtica.