Estreno 16 de abril
Crítica de "Risa y la cabina del viento": Cazzu y los límites de la imaginación atravesados por la poesía visual
La película de Juan Cabral combina realismo patagónico, fantasía y música de Babasónicos en una historia sobre el duelo y la infancia.
Risa y la cabina del viento (2025), la segunda película de Juan Cabral -tras Two/One (2020)-, se instala en un territorio poco frecuente para el cine nacional: el cruce entre la fábula infantil y un meticuloso ojo en el realismo patagónico.
La historia sigue a Risa, interpretada por la debutante Elena Romero, una niña de 10 años que vive en una zona poco turística de Ushuaia junto a su madre Sara (Cazzu), atravesada por la ausencia de su padre. En ese universo oscuro y desolado, aparece Esteban (Diego Peretti), un adulto a la deriva que construye con la protagonista un vínculo tan improbable como emotivo.
La película comienza con un pie en un escenario cotidiano pero rápidamente se introduce en el mundo de la fábula infantil. El punto de quiebre llega cuando Risa descubre una cabina telefónica capaz de conectar con los muertos, en sintonía con el fenómeno japonés conocido como “teléfonos del viento”: una premisa que empuja al relato hacia lo fantástico y atrapa la atención de la audiencia. La cabina, en efecto, fue el único elemento que quedó en pie tras un incendio en el que murieron cerca de cien personas. A partir de eso, familiares y allegados interpretaron esa supervivencia como una suerte de señal: una forma de mantener un vínculo con quienes perdieron la vida en la tragedia.
El guión de Pablo Minces y Juan Cabral crea un rompecabezas que busca encajar sus piezas entre lo cotidiano y lo surrealista. Esto habilita que el espectador pueda sacarle el mayor provecho a la imaginación visual que propone el filme. El paisaje fueguino, la luz y el encuadre construyen una atmósfera casi hipnótica, la fotografía de Leandro Filloy hace que cada imagen parezca pensada para ser contemplada más que narrada. Sin embargo, esa apuesta estética a veces se vuelve en contra del relato. El film parece debatirse entre contar una historia y exhibir su propio artificio: existe un evidente gusto por el detalle visual,por el plano “perfecto”, que en algunos pasajes interrumpe la fluidez narrativa. Lo que debería ser emoción sostenida se fragmenta en episodios que no siempre terminan de integrarse.
Uno de los rasgos más llamativos de Risa y la cabina del viento es la inclusión de seis canciones de Babasónicos, liderada por Adrián Dárgelos. La relación previa a partir de sus videoclips, entre la banda y Juan Cabral se percibe en la película. Los temas “Zumba”, “Putita”, “Gratis”, “Mareo”, “Caliente” y lógicamente, “Risa”, nombre de la protagonista y título del film, funcionan casi como columna vertebral del relato. De esta forma, estructuran la progresión dramática y aportan capas de sentido.
En términos actorales, la sorpresa es Elena Romero, que sostiene la película con una gran naturalidad a pesar de su corta edad. A su alrededor, intérpretes como Peretti o Joaquín Furriel aportan oficio y trayectoria. Sin embargo, el relato no siempre logra articular con naturalidad sus múltiples facetas: subtramas, giros narrativos y personajes secundarios -entre ellos Gustavo Garzón y Fabián Casas- conviven con cierta irregularidad. Aun con esos altibajos y con algunos pasajes donde el cuidado estético y el despliegue visual parecen imponerse por sobre la narración, la película —ganadora de la Competencia Argentina en Mar del Plata y en festivales internacionales— evidencia ambición.
Risa y la cabina del viento habla sobre el duelo, la ausencia y la necesidad de encontrar formas, ya sean reales o imaginarias, de cerrar heridas. Especialmente en sus momentos de mayor inspiración, dentro de un terreno poco explorado por el cine argentino contemporáneo: la mirada infantil atravesada por lo fantástico. Irregular pero profundamente personal, la película solidifica a Cabral como un director a seguir en la industria cinematográfica.