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Crítica de "Hamnet": Chloé Zhao y una imperfecta elegía por el hijo ausente

La adaptación de Chloé Zhao y Maggie O’Farrell explora la figura de Agnes Hathaway y el origen del duelo que atravesó a la familia Shakespeare, con un enfoque contemplativo que prioriza la mirada íntima sobre la biografía y sus silencios.

Crítica de "Hamnet": Chloé Zhao y una imperfecta elegía por el hijo ausente
miércoles 04 de febrero de 2026

Como señaló Maggie O’Farrell, “sabemos muy poco de Shakespeare, pero sabemos todavía menos de Agnes”. En esa escasez de datos históricos se abre el espacio creativo sobre el que se sustenta Hamnet (2025), adaptación que la propia novelista realizó junto a Chloé Zhao, quien aborda el material desde una perspectiva centrada en la figura de Anne Hathaway —llamada Agnes— y en la pérdida que marcó la vida familiar del dramaturgo.

La tradición crítica la ha reducido a caricaturas: esposa ignorante, aldeana interesada, presencia incómoda en la biografía del Bardo. Incluso la literatura posterior, como el Ulises de Joyce, la trató con desdén. En ese marco, los hijos Susanna, Judith y Hamnet apenas ocupan un lugar marginal, salvo cuando se especula sobre la posible conexión entre la muerte del niño y la gestación de Hamlet. La cita de Constanza en El Rey Juan suele ser la puerta de entrada para ese paralelismo:

Zhao construye un relato naturalista apoyado en un registro sensorial que recuerda a Terrence Malick: cámara móvil, luz natural, una fusión constante entre paisaje, cuerpo y tiempo. La película abre con Agnes (Jessie Buckley) atravesando el bosque, envuelta en un rojo terroso que contrasta con verdes y ocres. La representación insiste en su vínculo con prácticas de curandería heredadas, último resabio de un paganismo en retirada.

En esa geografía se configura el encuentro con Will (Paul Mescal), cuya relación clandestina desemboca en un matrimonio precipitado y en la vida doméstica que seguirá en Stratford. La narración observa sus tensiones: las ausencias prolongadas del escritor en Londres, los partos en la casa familiar —incluido el nacimiento fortuito de Judith, presumida muerta al llegar al mundo—, y el modo en que la vida cotidiana se desarma frente a la enfermedad de Hamnet (Jacobi Jupe).

Pese a su propósito declarado, la película no se centra del todo en Agnes. Zhao alterna entre ella, los niños y los procesos creativos de Will, generando un movimiento que amplía el marco pero diluye el peso dramático del hijo. Ese desplazamiento produce una sensación de observación distante: el duelo está sugerido, pero rara vez interiorizado.

Curiosamente, los momentos más directos se encuentran en la reconstrucción del teatro isabelino. Zhao filma ensayos repetidos del célebre pasaje del Acto III, Escena 4 de Hamlet, con Will exigiendo precisión a sus actores. La recurrencia de esas líneas —“We are arrant knaves all; believe none of us”— hace visible la fricción entre obra y biografía, entre palabra y experiencia.

Uno de los puntos altos es la visita de Agnes al Globe Theatre, donde presencia a Will interpretando al fantasma del rey. El momento en que ella toca sus dedos a través del escenario rompe la cuarta pared y despliega una identificación entre esposa, madre y espectadora que funciona como síntesis del duelo.

La producción, respaldada por Steven Spielberg y Sam Mendes, destaca por su composición visual a cargo de Lukasz Zal, quien apuesta por contrastes entre exteriores luminosos e interiores sombríos. La música de Max Richter opera como acompañamiento atmosférico, aunque su recurrencia —incluido On the Nature of Daylight— genera ecos conocidos que no siempre suman.

Zhao elige la contemplación por encima del drama. El film evita el melodrama, traza un retrato concentrado en texturas y silencios y recupera a Agnes del lugar marginal al que la historia la confinó. Sin embargo, la película no termina de internarse en la densidad emocional de la pérdida ni en la complejidad de sus implicancias literarias. Hamnet respira como elegía, pero su respiración no alcanza a revelar el misterio que la origina.

Al compararse con otras adaptaciones recientes de obras teatrales —como el caso de Hedda (Nia DaCosta, 2025)—, Hamnet se sostiene en su factura formal, aunque no logra expandir el sentido que promete desde su punto de partida.

Hamnet es un ejercicio visual sólido, una exploración del imaginario alrededor de Shakespeare y de la figura casi borrada de Agnes. Propone una lectura en clave íntima del origen del duelo, pero la mantiene encapsulada en una estructura contemplativa que limita su impacto.

6.0
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