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Crítica de "Marty Supremo": Timothée Chalamet y el ascenso fallido de un impostor del ping pong

Josh Safdie sigue a un Marty Mauser impulsado por deseos, engaños y supervivencia en una ficción que convierte el ping pong en territorio de poder, riesgo y reinvención.

Crítica de "Marty Supremo": Timothée Chalamet y el ascenso fallido de un impostor del ping pong
EscribiendoCine-Correcámara
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miércoles 14 de enero de 2026

Timothée Chalamet deja atrás su figura mesiánica de sagas espaciales para encarnar a Marty Mauser, un vendedor de zapatos de Nueva York que proyecta su destino deportivo en un ámbito tan doméstico como el tenis de mesa. Su rutina incluye encuentros furtivos con Rachel (Odessa A'zion), vecina y amiga de la infancia, casada con Ira (Emory Cohen), ajeno al entramado afectivo que motoriza la conducta ambigua de Marty. Desde ese triángulo, la película dirigida por Josh Safdie propone una parábola sobre la ambición como forma de supervivencia, inspirada libremente en Marty Reisman pero sin pretensión biográfica.

En la zapatería, Marty despliega una combinación de manipulación y búsqueda constante de aprobación que lo lleva a un torneo organizado por Ram Sethi (Pico Iyer). Tras reclamar por su hospedaje, logra instalarse en el Ritz, donde conoce a Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una figura del cine de los años treinta. Marty la seduce y luego intenta convencer al marido de Kay, Milton Rockwell (Kevin O’Leary), de financiarlo. El encuentro deriva en un intercambio marcado por prejuicios y tensiones étnicas, que Safdie utiliza como espejo de un país convulsionado en la posguerra.

Aunque Marty recurre al engaño para abrirse camino, la película evita convertirlo en villano. Su comportamiento opera como mecanismo de adaptación en un entorno donde cada relación funciona como una transacción. Incluso persuade al dueño de la zapatería para lanzar pelotas de ping pong anaranjadas —las futuras “Marty Supreme”— cuya anécdota ilustra su capacidad para detectar oportunidades y, al mismo tiempo, su dificultad para sostenerlas.

La película, para la cual Chalamet se entrenó durante siete años, encuentra en la fotografía de Darius Khondji una textura que remite al neorrealismo y a los contrastes urbanos del cine de posguerra. La banda sonora de Daniel Lopatin, junto con piezas de Peter Gabriel y Tears for Fears, ubica la historia en una temporalidad difusa que refuerza su tono de fábula contemporánea. Josh Safdie apuesta por un relato expansivo que dialoga con modelos clásicos, incluso cuando la estructura se dispersa en episodios.

En ese recorrido irregular, Marty Mauser emerge como un personaje que intenta sostenerse sobre un imaginario de grandeza personal que nunca termina de cristalizar, atrapado entre la ilusión del ascenso y la certeza de un presente que le exige reinvención continua.

8.0
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