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Crítica de "Erupcja": Charli XCX entre el deseo y la fuga
Una erupción volcánica deja a Bethany y a su futuro prometido, Rob, varados en Varsovia. Ella decide interpretar el accidente como una señal y aprovecha la interrupción para reencontrarse con Nel, una amiga de la infancia. A partir de ahí, Erupcja (2025), de Pete Ohs, abandona cualquier preocupación por la peripecia y se entrega a una deriva de departamentos, clubes, calles y conversaciones en la que lo importante no es tanto lo que ocurre como aquello que empieza a desacomodarse.
Ohs filma con una soltura casi doméstica. La cámara acompaña a los personajes sin imponerles gravedad, las luces nocturnas se derraman sobre los cuerpos y Varsovia deja de funcionar como postal para convertirse en territorio de fuga. Hay algo deliberadamente cool en Erupcja, pero también una sencillez que evita que esa estética termine convertida en pose. La película avanza como algunas noches: sin un rumbo demasiado preciso y con la sensación de que cualquier desvío puede cambiarlo todo.
El volcán es una metáfora evidente, aunque Ohs tiene el criterio de mantenerlo fuera de campo. La verdadera erupción sucede en Bethany, que encuentra en ese accidente exterior la excusa para cuestionar una vida que parecía resuelta. Nel no representa solamente otra posibilidad amorosa: reencontrarse con ella supone también enfrentarse a una versión de sí misma que había quedado atrás.
En ese registro entra Charli XCX con una naturalidad que termina siendo uno de los hallazgos de la película. Ohs no la filma como estrella pop ni organiza el relato alrededor de su presencia. La deja ocupar el plano, conversar, bailar, mirar. Su imaginario público —la noche, los clubes, el deseo, el verano permanente— dialoga con la película sin absorberla.
Erupcja tampoco necesita convertir ese deseo en un conflicto solemne. Prefiere conservar algo de su confusión y hasta de su arbitrariedad. Bethany cree que un volcán le está enviando una señal cuando probablemente solo necesitaba una razón para hacer lo que ya quería hacer. Allí aparece el humor y también cierta lucidez de la película: a veces una casualidad alcanza para poner en crisis aquello que parecía decidido.
Pete Ohs construye así una película indie pequeña, liviana y de apariencia improvisada, más interesada en capturar un estado que en cerrar una historia. Cuando termina, permanece menos el argumento que una sensación: la de una noche en la que todavía parece posible desviarse de la vida prevista antes de que vuelva a amanecer.