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Crítica de "Plan B": el deseo como territorio incierto
Con Plan B, Marco Berger confirma una de las marcas que recorrerán buena parte de su filmografía: explorar el deseo masculino desde la tensión, la ambigüedad y el tiempo. Sin grandes conflictos externos ni golpes de efecto, el director convierte los silencios, las miradas y las pequeñas acciones cotidianas en el verdadero motor dramático de una historia donde lo importante nunca es lo que se dice, sino aquello que permanece contenido.
Bruno (Manuel Vignau) descubre que su exnovia comenzó una relación con Pablo (Lucas Ferraro). Incapaz de recuperarla por los caminos convencionales, idea un plan tan absurdo como provocador: acercarse a su nuevo novio para seducirlo. Lo que comienza como una estrategia de manipulación termina alterando por completo las reglas del juego y, sobre todo, la percepción que ambos tienen de sí mismos.
Berger evita convertir esa premisa en una comedia de enredos o en un melodrama sobre la aceptación sexual. El vínculo entre Bruno y Pablo se construye de manera gradual, casi imperceptible. Antes que el deseo físico aparecen la complicidad, las conversaciones interminables, los partidos de fútbol, las comidas compartidas y la comodidad de una amistad que, sin que ninguno de los dos lo advierta, comienza a transformarse en otra cosa.
La mayor virtud de Plan B es que nunca necesita definir a sus personajes mediante etiquetas. Bruno y Pablo no responden a los estereotipos con los que durante años el cine representó a los hombres homosexuales. Berger tampoco construye un relato sobre la salida del clóset ni sobre la pertenencia a una comunidad específica. Lo que le interesa es registrar el momento exacto en que dos personas descubren que el deseo no siempre responde a las categorías con las que ordenamos la realidad.
La tensión no proviene del romance, sino de aquello que lo rodea. "Lo que suceda en este cuarto no tiene por qué salir a la luz", dice uno de los personajes, sintetizando el verdadero conflicto de la película. El obstáculo nunca es el sentimiento, sino el peso de las convenciones sociales y de una masculinidad que impone límites incluso cuando nadie los enuncia.
En ese sentido, Berger trabaja con una puesta en escena de una precisión notable. Los tiempos muertos, los planos prolongados, las conversaciones aparentemente intrascendentes y las reiteradas imágenes de medianeras, puertas y divisiones físicas funcionan como una extensión del estado emocional de los protagonistas. Cada espacio parece recordarles que existe una frontera que todavía no se atreven a cruzar.
Ese manejo del tiempo puede resultar exasperante para algunos espectadores, pero es precisamente allí donde la película encuentra su fuerza. Berger entiende que el deseo rara vez aparece de manera inmediata; necesita espacio para crecer, para insinuarse y para instalar la duda. La espera se convierte así en un recurso narrativo que involucra al espectador, quien termina compartiendo la ansiedad de los personajes ante un desenlace que parece demorarse deliberadamente.
Más que una película sobre la homosexualidad, Plan B es una película sobre el descubrimiento del deseo y la fragilidad de las certezas con las que construimos nuestra identidad. Con una naturalidad poco frecuente y sin caer en discursos ni subrayados, Marco Berger filma una historia íntima que encuentra su mayor potencia en aquello que decide no explicar. Allí reside la vigencia de una obra que continúa desafiando los prejuicios sin necesidad de enfrentarlos de manera explícita.