2026-07-14

Teatro Ópera

Rubén Szuchmacher entre la danza y la política en escena a través de “Billy Elliot”

Desde fines de mayo, la adaptación argentina del icónico musical Billy Elliot se ha convertido en uno de los musicales más impactantes y convocantes de la temporada teatral porteña. En medio del éxito, el director general de la puesta escénica, Rubén Szuchmacher, dialogó con EscribiendoCine acerca de su experiencia profesional y personal.

Tenés un camino extenso en las artes escénicas, ya que has dirigido diversos espectáculos, aunque cada uno tiene sus particularidades, ¿qué nuevos desafíos te planteó esta puesta escénica?

Fue meterme en un medio que no era el habitual, aunque todo se parece a lo que he hecho antes. Hice espectáculos con música, con gente que cantaba, con gente que actuaba, con gente que bailaba, pero todo eso nunca lo había concretado en lo que llamamos una obra de comedia y teatro musical. Es una nueva organización, que me resultó novedosa y, por lo tanto, apasionante e inquietante.

Más allá de lo profesional, cada proyecto también tiene su impacto personal, ¿qué fibras te tocó esta historia?

En principio, cuando me propusieron hacer Billy Elliot, recordé la película. Que en realidad se enmarca en una serie de películas de esa época que mostraban la postura de los artistas en contra de Thatcher a finales del siglo XX y a comienzos del siglo XXI. Los cineastas ingleses hacen un montón de películas en contra de Thatcher, o sea, revisan el periodo. Eso para mí fue muy impactante.

Por el otro lado, la historia de Billy, como un chico que está fuera de lo que se espera de él en un medio que le resulta hostil para su deseo de ser bailarín. Con algo que va aprendiendo, que va reconociendo, que le gusta mucho. Ahí es donde yo me identifiqué con algo.

La política convive conmigo desde que nací, prácticamente. Y también la danza. Desde muy chico, vi mucho ballet. Mi papá me llevaba a ver las películas de los soviéticos en el Cosmos. Me gustaba mucho, y en algún momento había pensado ser un bailarín ruso, el problema era que no era ruso. Opté por dejar de hacer ballet, pero seguí bailando. Mi relación con la danza es muy estrecha, no con la clásica exactamente, aunque sí como arte. Entonces, la política y la danza unidas en una misma obra es algo que me convoca inevitablemente, es parte de mi vida.

Una de las canciones principales de la obra es “Electricidad”. En el ámbito artístico, ¿cuándo sentís la electricidad?

Lo que me produce electricidad es estar arriba de un escenario grande. Yo estoy en el escenario del Colón, de la Sala Martín Coronado o Casacuberta, o en el Ópera, y siento que es mi lugar en el mundo, me hace sentir feliz. Por eso, cuando me falta tengo una especie de tristeza. Y cuando lo tengo ni siquiera me doy cuenta porque la paso muy bien. Hay algo de esos espacios que me son absolutamente eléctricos.

En el proyecto hay 5 Billys, que van rotando según la función. ¿Cómo fue la dirección de los 5 niños protagonistas?

Los chicos tuvieron un entrenamiento en todos los rubros: danza clásica, zapateo americano, actuación, canto. De hecho, ya venían trabajando cuando yo me sumé al proyecto. Yo nunca había trabajado con chicos de esa edad. Para mí, fue un gran aprendizaje. Resultaron comprensibles, como una especie de aspiradora de cualquier cosa que uno les tiraba como estímulo. Me sorprendió mucho eso. Sí es cierto que es un trabajo que se quintuplica, o sea, en el caso de los cinco Billys, de los tres Michaels, de las niñas, etc. Hay que ensayar todo muchas veces. Por lo que uno tiene que aprender a hacer para no cansarse. No solamente en mi caso de dirección, también para los actores adultos que se tienen que adecuar a energías totalmente diferentes.

Toda obra se termina de completar con el público, ¿qué es lo que más te ha sorprendido hasta el momento de la devolución de los espectadores?

En principio, el público del musical es muy expansivo y demostrativo. Es una mezcla de público de rock and roll y de cancha. Y en términos de las reacciones de la gente, algunos me acusaron (risas), aunque creo que es la obra, de deshidratador serial. Como que la gente llora mucho y sale deshidratada de lo que lloró. En realidad, la obra es tan sólida, tanto desde el punto de vista de la historia de Billy como de la historia de los mineros, que produce un efecto de risa y alegría, de llanto, que salta de un lado para el otro. Los espectadores lo perciben. Hay como un llanto liberador más que un llanto de angustia, y eso es muy emocionante para uno como artista.

Te puede interesar