Gaumont
Crítica de “Los Lagos”: dos hermanos reducen distancias entre la medicina y la espiritualidad
Los Lagos (2025) presenta diferentes formas de entender el cuidado, la sanación y una distancia que va mucho más allá de los kilómetros.
Tomás y Agustín Lagos eligieron caminos muy distintos para aliviar el dolor ajeno. Mientras Tomás trabaja en cuidados paliativos en hospitales y clínicas del conurbano bonaerense, acompañando a sus pacientes en el tramo final de sus vidas, Agustín vive en una comunidad de Catamarca, donde practica biodecodificación en busca del origen emocional de las enfermedades. Separados por la distancia, las creencias y viejos conflictos familiares, ambos mantienen una relación atravesada por silencios, diferencias y asuntos nunca del todo resueltos.
El desafío de una exigente carrera de autosuficiencia de 120 kilómetros en el sur argentino —que Tomás correrá y Agustín registrará con su cámara— se convierte en la excusa perfecta para propiciar un reencuentro. Sin embargo, el recorrido físico termina siendo apenas una parte de un viaje mucho más profundo: el de intentar comprender al otro sin necesidad de compartir su manera de ver el mundo.
Con un ritmo pausado y una puesta en escena despojada, el documental dirigido por Diego Gachassin observa los distintos caminos que una persona puede tomar para transitar la vida, enfrentar el sufrimiento y acompañar el dolor ajeno. Más que oponer dos visiones, la película las pone en diálogo. No le interesa establecer cuál es la correcta ni resolver definitivamente el conflicto entre los hermanos. De hecho, el origen de sus diferencias o la forma en que logran procesarlas termina siendo secundario. Lo verdaderamente importante es comprender que no existe una única verdad ni una sola forma de cuidar a los demás.
Tomás representa la estructura, el conocimiento científico y la medicina tradicional. Su trabajo consiste en contener y acompañar a quienes atraviesan el final de la vida, muchas veces desde un silencio que resulta tan reconfortante para sus pacientes como difícil de romper en el ámbito familiar. Agustín, en cambio, vive más cerca de la naturaleza, el arte y una búsqueda espiritual que intenta encontrar en el mundo emocional el origen de las enfermedades. Dos maneras de comprender la salud que parecen irreconciliables, pero que poco a poco revelan más puntos de contacto que diferencias.
Gachassin evita imponer una mirada sobre cualquiera de las dos posturas. La cámara observa, escucha y acompaña, permitiendo que sean los propios gestos, las conversaciones y los momentos compartidos los que construyan el sentido del relato. Esa ausencia de juicios convierte al documental en una reflexión abierta sobre la empatía, la reconciliación y la posibilidad de convivir con perspectivas distintas sin necesidad de que una invalide a la otra.
Plagada de bellos paisajes y de momentos de gran intimidad, la historia prescinde de narradores en off o de una presentación convencional de sus protagonistas. Todo se desarrolla con una naturalidad que termina siendo una de las mayores virtudes de Los Lagos. Incluso el título adquiere un valor simbólico: existen lagos abiertos y cerrados, serenos y turbulentos, cuerpos de agua que parecen similares pero responden a dinámicas muy diferentes. Los hermanos también cargan con sus propias aguas: dos formas distintas de sanar, dos maneras de enfrentarse al dolor y un mismo deseo, quizás nunca expresado del todo, de encontrar un punto de encuentro.