2026-05-14

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Crítica de "La verdad oculta": cuando el fútbol se convierte en campo de batalla

Will Smith interpreta a Owalu, un inmigrante nigeriano que siempre soñó con construir su vida en Estados Unidos, un país donde “uno puede elegir ser cualquier persona (salvo uno mismo)”. Una buena línea. En su caso, eligió convertirse en patólogo y médico forense, acumulando una extensa lista de títulos académicos. A su mesa llega el cadáver de un célebre jugador de fútbol, caído recientemente en la desgracia de la droga y la indigencia. Su autopsia es la primera de varias que apuntan hacia una verdad científica inequívoca: las contusiones cerebrales dejan secuelas que, a largo plazo, pueden derivar en conductas suicidas. “Evidentemente Dios no hizo al hombre para que jugara fútbol”, concluye Owalu.

Su investigación desata un escándalo y lo empuja a una guerra contra la Liga Nacional de Fútbol (NFL), que responde con calumnias, campañas de desprestigio e incluso una visita del FBI. La película presenta la cruzada de Owalu como un episodio tan controvertido como aquel que vinculó el cáncer con las tabacaleras. Lo acompañan el veterano Dr. Wecht (Albert Brooks), mentor y reflejo de su propio idealismo; el Dr. Bailes (Alec Baldwin), un exintegrante de la NFL que busca cierta forma de redención; y el Dr. DeKovsky (Eddie Marsan), convencido de que la objetividad científica debe prevalecer sobre cualquier interés.

Will Smith ofrece una interpretación poco frecuente dentro de su carrera, demostrando que puede habitar una personalidad distinta de la suya sin dejar de sostener la figura de protagonista. Sin embargo, el personaje resulta convencional: un idealista íntegro y sin fisuras, que no posee ni la calidez ni el magnetismo de Sidney Poitier, referencia evidente para la construcción del rol. La parte más prescindible del film es la subtrama romántica con Prema (Gugu Mbatha-Raw), una inmigrante keniana que se hospeda en su casa. Las escenas entre ambos siguen un recorrido previsible: ella irrumpe en su vida ordenada, altera su carácter reservado, comparten una puesta en común de ideales, le enseña a bailar y finalmente terminan entrando tomados de la mano a su habitación para un encuentro sexual sugerido.

Se supone que este recorrido intenta mostrar cómo Owalu comienza a encontrar un lugar dentro del imaginario estadounidense que tanto anhela (“Casémonos”, le dice, “podemos enamorarnos más tarde”). Sin embargo, nada de lo que se expone construye una imagen o una idea que se aparte de lo ya conocido.

La verdad oculta se ubica en un punto intermedio entre otras dos películas de 2015 con búsquedas similares: Bridge of Spies y Spotlight. Como la primera, funciona como una defensa del idealismo individual; como la segunda, busca revelar los mecanismos de un sistema deteriorado desde adentro. Si no alcanza la eficacia de ninguna de las dos es porque, como película de denuncia, adopta una postura demasiado contenida. Se presenta como una obra importante, pero rara vez transmite esa sensación. Nunca logra convencer de su propia trascendencia.

La película desarrolla simultáneamente dos relatos: la disputa por la verdad y la disputa por el “americanismo”, dos líneas que para la narración funcionan como equivalentes. A medida que el personaje de Smith avanza en defensa de la verdad, su vida comienza a adquirir las formas del Sueño Americano que tanto persigue: una relación sentimental y la construcción paulatina de una casa suburbana aparecen como signos de esa transformación. En el momento más oscuro de la historia, cuando el corporativismo se impone y Owalu es desacreditado por su condición de extranjero, el protagonista destruye la casa en un estallido de furia. Si la película concluyera allí, conservaría parte de su fuerza.

El problema central aparece cuando actúa como si el conflicto que denuncia ya estuviera resuelto. En una película de denuncia, el final conciliador vuelve inofensivo aquello que intentaba cuestionar, porque sugiere que el simple acto de narrar contiene también la solución. Hacia el desenlace, La verdad oculta expone que el mismo sistema que produce la injusticia también absorbe a quienes intentan combatirla. Entonces la pregunta permanece abierta: ¿dónde reside la urgencia?

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